Proyecto Personal
Bolivariano
La crisis de Venezuela: el lento desmantelamiento de una democracia

Caracas, Venezuela — marzo de 2013
Muñecos del presidente Hugo Chávez se venden en las calles de Caracas el día de su funeral, mientras miles de personas acompañan la comitiva tras su muerte, el 5 de marzo de 2013, después de dos años de lucha contra el cáncer.
La Revolución Bolivariana fue la promesa que deslumbró a un país que, durante décadas, se había visto a sí mismo como una excepción latinoamericana: la democracia petrolera, la república rica, el Estado capaz de comprar la paz social con renta y subsidio. Venezuela creció con la certeza de que bajo su suelo yacía una fortuna inagotable y de que, si algo salía mal, el petróleo terminaría por arreglarlo. Esa certeza fue también su condena y más tarde definiría la profundidad de la crisis venezolana.

Caracas, Venezuela — marzo de 2013
Un grupo de chavistas se concentra en Caracas el día del funeral del presidente, mientras el país entra en un periodo de incertidumbre tras su muerte.
Porque el petróleo no se limitó a financiar al Estado: moldeó la política, distorsionó la economía, creó élites, consolidó redes clientelares y convirtió el futuro en un debate sobre reparto en lugar de producción. Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, se presentó como el vendedor de ilusiones para un pueblo cansado de la fuerza bipartidista dominante —vista como corrupta y antidemocrática— y de un modelo que, a sus ojos, había agotado su legitimidad. Pero para entender por qué esa promesa resultó tan creíble, hay que mirar atrás: a la larga historia de un país que aprendió a vivir entre ciclos de abundancia y colapso, y que, precisamente por ello, se volvió extraordinariamente vulnerable a los relatos de salvación.

Caracas, Venezuela — noviembre de 2009
Un grupo de chavistas espera dentro de un vehículo oficial mientras las autoridades locales supervisan un intercambio de enseres domésticos por alimentos y productos básicos en un barrio popular de Caracas.
Durante buena parte del siglo XX, Venezuela fue un laboratorio de modernización acelerada. La renta petrolera permitió construir infraestructuras, ampliar el Estado, centralizar la vida económica en Caracas y, al mismo tiempo, transformar la política en un mecanismo de reparto. En 1958, tras la caída de Marcos Pérez Jiménez, nació un pacto de gobernabilidad —el Pacto de Punto Fijo— destinado a impedir el regreso de las dictaduras y garantizar la alternancia. Durante años, esa fórmula pareció funcionar: estabilidad institucional, crecimiento, el imaginario de un "país del futuro". Pero bajo la superficie arraigaron dos dinámicas corrosivas. La primera, una dependencia casi total del crudo; la segunda, el uso de esa renta como argamasa social y partidista.

Caracas, Venezuela — 3 de diciembre de 2015
Ciudadanos asisten a un acto de campaña organizado por el gobierno bolivariano durante la carrera hacia las elecciones a la Asamblea Nacional.
La década de 1970 marcó el punto álgido de esa ilusión. La crisis energética mundial elevó los precios y Venezuela vivió un boom petrolero que se convirtió en estilo de vida, política pública y mentalidad nacional. Se hablaba de "sembrar el petróleo", pero el país siguió importando lo que consumía, se endeudó cada vez más y convirtió el gasto público en una forma de identidad. La nacionalización de la industria en 1976 y la consolidación de PDVSA como símbolo técnico del prestigio del Estado reforzaron la idea de que el petróleo era soberanía y destino. Aun así, las bases productivas al margen del crudo siguieron siendo débiles.

Caracas, Venezuela — octubre de 2009
Vista general de Catia, uno de los barrios populares más emblemáticos de Caracas y durante años bastión de apoyo al proyecto bolivariano.
Cuando los precios del petróleo cayeron y la deuda apretó su cerco, el país entró en una fase de desgaste. El Viernes Negro de 1983 —la devaluación que hizo añicos la ficción de una moneda fuerte— no fue solo un hecho económico; fue un trauma cultural: el día en que Venezuela descubrió que no era inmune. Después de eso, la inflación subió, los salarios reales se deterioraron y se extendió la sensación de que el pacto político había sido diseñado para sostener a una élite más que para corregir desigualdades. Ese desgaste se acumuló durante años y estalló en 1989 con el Caracazo, una erupción social desencadenada por un paquete de ajuste que incluía la subida de los precios del combustible y del transporte público. El Caracazo se convirtió en un punto de no retorno: la separación emocional entre los sectores populares y el sistema político.

Caracas, Venezuela — abril de 2019
Miembros de la Milicia Bolivariana de Venezuela celebran el Día de la Milicia en Caracas.
Fue ese país herido el que, unos años después, recibió el "por ahora" de Hugo Chávez. En 1992, Chávez lideró un intento de golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez. Fracasó, pero su breve comparecencia televisada —asumiendo la responsabilidad y prometiendo continuar "por ahora"— le dio algo que ningún político tradicional podía comprar: un mito fundacional. Tras ser indultado en 1994, recorrió el país construyendo un movimiento que combinaba discurso antioligárquico, simbología bolivariana, promesa de justicia social y un componente militar que ofrecía orden en medio del caos, sentando las bases de lo que más tarde se conocería como la Revolución Bolivariana de Venezuela.

Caracas, Venezuela — 16 de marzo de 2013
En Petare, uno de los barrios más grandes de Caracas, una mujer se prepara para participar en un ritual de María Lionza dedicado a Hugo Chávez, muerto pocos días antes.
Su llegada supuso un cambio de rumbo para la nación venezolana. La primera gran apuesta fue política y simbólica: refundar la República. En 1999 se convocó una Asamblea Constituyente y se aprobó una nueva Constitución. Ese texto amplió los derechos sociales, incorporó mecanismos de participación directa y reconfiguró las instituciones. También —sin que muchos lo advirtieran del todo en ese momento— concentró poder en el Ejecutivo, extendió el ciclo político y aumentó el margen del presidente para dar forma al Estado. Chávez, además, construyó un relato de guerra moral: la vieja Venezuela era corrupción; la nueva Venezuela era el pueblo y la redención.

Caracas, Venezuela — 15 de marzo de 2013
La hija de Daisy, beneficiaria del programa gubernamental de vivienda y miembro de la milicia civil revolucionaria, juega en un salón lleno de imágenes de Chávez.

Caracas, Venezuela — 2 de diciembre de 2015
Ciudadanos asisten a un acto de campaña de la Mesa de la Unidad Democrática durante la campaña de las elecciones parlamentarias.
En los primeros años, ese proyecto se asentó sobre una combinación poderosa: legitimidad electoral, carisma personal, un lenguaje que devolvía dignidad a sectores históricamente marginados y, muy pronto, una ola de ingresos petroleros extraordinarios. Las "misiones" se convirtieron en la marca del proyecto: atención primaria de salud en barrios populares, campañas de alfabetización, subsidios alimentarios, mayor acceso a la educación. En términos de relato, era la prueba de que, por fin, la renta petrolera llegaba a los de abajo en lugar de quedarse con las élites.
Pero la manera en que se construyó ese Estado social conllevaba una fragilidad estructural: dependía más de transferencias y gasto que de reforma institucional y productividad. Mientras el dinero fluía, esas debilidades podían ocultarse. La bonanza funciona como el maquillaje: hace que el presente parezca estable y aplaza el futuro.

Cúcuta, Colombia — febrero de 2019
Cientos de miles de venezolanos se concentran en la frontera entre Colombia y Venezuela para exigir la entrada de la ayuda humanitaria bloqueada por el gobierno de Nicolás Maduro.
La polarización, sin embargo, creció desde el principio. Una parte de la sociedad veía en Chávez una amenaza para la democracia liberal. Otra parte lo veía como la primera representación real de los olvidados. Ese choque produjo una gran crisis política en 2002, cuando un golpe apartó a Chávez del poder durante aproximadamente dos días. Su regreso —impulsado por la movilización popular y sectores militares leales— se convirtió en un episodio fundacional para el chavismo como identidad de combate.

Caracas, Venezuela — junio de 2016
Manifestantes de la oposición huyen de la Guardia Nacional Bolivariana durante una protesta que acabó en violencia en Caracas.
El paro petrolero de 2002-2003 fue el siguiente momento decisivo. PDVSA, el corazón económico del país, se convirtió en campo de batalla. Tras el conflicto, el Gobierno despidió a miles de trabajadores y remodeló la empresa bajo control político. PDVSA, que había operado con estándares técnicos relativamente autónomos, empezó a funcionar con un doble objetivo: producir petróleo y financiar directamente el proyecto político y social. En un país cuya economía dependía del crudo, politizar la petrolera equivalía a politizar el oxígeno.

San Cristóbal, Venezuela — marzo de 2014
Tres estudiantes posan para la cámara mientras sus compañeros levantan barricadas frente a los ataques de los colectivos y de la Guardia Nacional.

San Cristóbal, Venezuela — marzo de 2014
Estudiantes se enfrentan a grupos paramilitares progubernamentales en las calles de San Cristóbal, en el estado de Táchira.
A partir de 2003 se implantó el control de cambio, y con él una de las distorsiones más profundas de la economía venezolana. El control pretendía frenar la fuga de capitales, pero con el tiempo se convirtió en una estructura de incentivos para la corrupción: acceder a dólares baratos se transformó en un privilegio, y la brecha cambiaria alimentó redes de arbitraje y dependencia del Estado. Durante esos años, Chávez consolidó su hegemonía electoral. Ganó reelecciones, referendos y batallas políticas. Sin embargo, la legitimidad electoral no significaba necesariamente pluralismo institucional.

Cúcuta, Colombia — febrero de 2019
Opositores a Nicolás Maduro se enfrentan a la Guardia Nacional Bolivariana en la frontera entre Colombia y Venezuela después de que el gobierno se negara a permitir la entrada de ayuda humanitaria internacional.
En 2007 se produjo un episodio decisivo: Chávez perdió, por primera vez, una votación nacional —el referendo para reformar la Constitución. Fue una derrota ajustada, pero simbólicamente enorme: mostró que había un límite. Dos años después, en 2009, un referendo eliminó los límites de mandato. Ese cambio consolidó un rasgo fundamental del proyecto: la permanencia como objetivo.

Caracas, Venezuela — 5 de junio de 2016
Una mujer llora a las puertas de una comisaría mientras espera noticias de su hermano, uno de los cientos de detenidos implicados en un motín dentro de una sede de la Policía Nacional.
La política económica del chavismo se inclinó cada vez más hacia el control de precios, las expropiaciones, las nacionalizaciones y un papel central del Estado en sectores clave. Los resultados fueron, en muchos casos, deterioro productivo, caída de la inversión, fuga de talento y una dependencia aún mayor de las importaciones.
Mientras tanto, la corrupción se convirtió en una sombra permanente. La combinación de renta extraordinaria, controles discrecionales y opacidad institucional creó un entorno perfecto para el desvío de fondos. La corrupción no fue un accidente: fue un sistema de funcionamiento, una forma de cohesión interna del poder.

Caracas, Venezuela — 27 de mayo de 2016
Unos presos permanecen encerrados en las celdas de la comisaría municipal de Chacao, en el este de Caracas.
En lo social, el país vivió una paradoja. Hubo mejoras reales para los sectores pobres durante la bonanza. Pero esas mejoras no se tradujeron en sostenibilidad. La educación se expandió con problemas de calidad y politización. Los alimentos subsidiados se convirtieron en alivio, pero también en mecanismo de control político. Con el tiempo, la distribución de alimentos, bonos y ayudas se transformó en un instrumento de lealtad, y la ciudadanía social se mezcló con la condición partidista.

Caracas, Venezuela — 29 de julio de 2015
El cuerpo de un joven pandillero yace en la morgue de un Centro de Diagnóstico Integral de La Dolorita, en Petare.
El chavismo también construyó un poderoso relato internacional. Chávez se convirtió en un líder regional. Forjó alianzas, financió iniciativas y usó el petróleo como herramienta diplomática. La Revolución Bolivariana de Venezuela se presentó como una alternativa al neoliberalismo, aunque sus cimientos siguieron profundamente dependientes de los ingresos petroleros.

Barquisimeto, Venezuela — 1 de junio de 2016
Civiles hacen cola para conseguir gas doméstico en Barquisimeto, mientras la escasez se extiende por todo el país.
La militarización se convirtió en otro rasgo definitorio. Chávez, militar de origen, integró a las Fuerzas Armadas en el proyecto político, no solo como institución de defensa sino como actor económico y administrativo. La frontera entre Gobierno y Fuerzas Armadas se volvió porosa.
Con los años, la violencia y la inseguridad se convirtieron en un componente cotidiano del paisaje venezolano. El país fue señalado durante años como uno de los más violentos del mundo, y esa violencia no era solo una estadística: era una forma de vida, un miedo constante que erosionaba la cohesión social y profundizaba la crisis venezolana.

Maracaibo, Venezuela — abril de 2019
Vecinos recogen agua de fuentes improvisadas en Maracaibo, una de las regiones más golpeadas por el colapso de los servicios públicos.

Caracas, Venezuela — 4 de septiembre de 2015
Una mujer permanece dentro de uno de los principales supermercados de Caracas en medio de la escasez de productos básicos.
A partir de 2011, la enfermedad de Chávez expuso la mayor fragilidad del sistema: la excesiva personalización del poder. La Revolución Bolivariana no era solo un conjunto de instituciones; era el cuerpo de un líder. En 2013, Chávez murió. Nicolás Maduro, designado sucesor, ganó una elección por un margen estrecho. El paso del carisma al aparato marcó el inicio de la era post-Chávez.

Maracaibo, Venezuela — abril de 2019
Miguel Blanco, de 28 años, sufre desnutrición extrema en el barrio de Alto de Milagros Norte.
En 2014, el desplome de los precios del petróleo golpeó como una ola, acelerando el colapso económico de Venezuela. Venezuela, que lo había apostado todo a la renta, se quedó sin oxígeno. La escasez empezó a dominar la vida: colas, estantes vacíos, mercado negro. La economía comenzó a contraerse de forma agresiva.
La hiperinflación llegó como una forma de violencia económica. El dinero dejó de significar lo que significaba. Los salarios se evaporaron. La hiperinflación no solo empobrece: destruye el tejido moral de un país, porque convierte cada decisión en supervivencia.

Maracaibo, Venezuela — abril de 2019
Keliber Courio, de 28 años, sufre desnutrición extrema y meningitis mientras su madre sigue buscando ayuda en las instituciones del Estado.
Con la crisis económica, el deterioro de los servicios públicos se aceleró. Hospitales sin suministros, apagones, fallos en el agua, transporte colapsado. La infraestructura se convirtió en ruina cotidiana. El país que se había imaginado una potencia regresó a formas precarias de vida. La vida se volvió más pequeña, más dura, más silenciosa.

Cabimas, Zulia, Venezuela — 10 de junio de 2022
Un perro camina entre vertidos de petróleo en la orilla del lago de Maracaibo, donde la infraestructura de extracción abandonada sigue filtrando crudo al agua.
En 2015, la oposición ganó la Asamblea Nacional. Fue un terremoto. Pero la respuesta institucional reveló hasta qué punto el sistema estaba diseñado para impedir un cambio real: el Tribunal Supremo anuló decisiones, declaró al Parlamento en desacato y limitó sus competencias. En 2017, el Gobierno convocó una Asamblea Nacional Constituyente que asumió funciones legislativas paralelas. Venezuela mostró al mundo que la destrucción del sistema no requiere balas; puede ocurrir secuestrando la democracia desde dentro.

Cúcuta, Colombia — 13 de febrero de 2019
Migrantes venezolanos caminan hacia Bogotá e inician uno de los muchos trayectos generados por el éxodo masivo desde su país.
La represión y la persecución de la disidencia se convirtieron en rasgos definitorios del periodo. Hubo protestas masivas con muertos, detenciones y denuncias de violaciones de derechos humanos. La prensa sufrió cierres, adquisiciones forzadas y autocensura. En un país sin prensa libre, la realidad se vuelve más fácil de manipular y la sociedad pierde una de sus defensas fundamentales.

Cúcuta, Norte de Santander, Colombia — 2019
Una familia de migrantes venezolanos camina por la carretera rumbo a Bogotá, cargando con sus hijos y con lo poco que les queda.

Cúcuta, Norte de Santander, Colombia — febrero de 2019
Migrantes venezolanos duermen a la intemperie en un descampado de Cúcuta después de cruzar la frontera.
La industria petrolera, el corazón del país, también se deterioró. La caída comenzó antes que las sanciones, con años de infrainversión, pérdida de capital humano, corrupción y gestión politizada. El petróleo, que había sido palanca de poder, se convirtió en chatarra industrial. Y cuando un Estado pierde su principal fuente de divisas, pierde la capacidad de sostener su legitimidad social.
La crisis venezolana produjo uno de los mayores desplazamientos humanos contemporáneos. Millones partieron hacia Colombia, Perú, Ecuador, Chile, Estados Unidos y Europa. Esa diáspora reconfiguró familias, ciudades y fronteras. Creó una Venezuela fuera de Venezuela.

Cúcuta, Norte de Santander, Colombia — 13 de febrero de 2019
Dos migrantes venezolanos leen un aviso informativo mientras esperan para comer en el refugio Paso del Candelero, cerca del páramo de Berlín.
El madurismo también intensificó una lógica de control social. En tiempos de escasez, los mecanismos de distribución pueden convertirse en instrumentos de dominación. Cuando la supervivencia depende de la cercanía al poder, la democracia se degrada no porque no existan elecciones, sino porque no hay una libertad real de elegir.

Riohacha, Colombia — 14 de abril de 2021
Willy José Sánchez espera junto al cuerpo de una mujer venezolana sin identificar antes de su entierro en un cementerio gestionado por la fundación «Gente como tú».

Riohacha, Colombia — 16 de abril de 2021
Sista Velázquez sostiene un retrato de Vicmar Gómez Reyes, una migrante venezolana que murió un mes después de dar a luz.
En los últimos años, el Gobierno introdujo un giro pragmático: tolerancia hacia una dolarización de facto, apertura limitada al sector privado. Ese cambio creó una ilusión parcial de normalidad, pero también profundizó nuevas desigualdades: una Venezuela dolarizada para unos pocos y una Venezuela empobrecida para muchos.
Y sin embargo, la historia venezolana no puede reducirse a una fórmula simple. Es la suma de una larga historia de dependencia rentista, instituciones débiles, corrupción estructural, desigualdad no resuelta y una cultura política acostumbrada a la figura del salvador. La oposición, fragmentada, osciló entre errores estratégicos y coraje social. La comunidad internacional se movió entre la presión, la negociación y la indiferencia. Y el pueblo permaneció en medio, pagando el coste.

Maicao, Colombia — 17 de abril de 2021
José Luis Rincón y dos de sus hijos construyen un pozo séptico en un terreno ocupado dentro del asentamiento de migrantes conocido como «La Pista».
Venezuela se convirtió así en un caso de estudio perfecto para entender las nuevas vías del autoritarismo en el siglo XXI. Se puede desmantelar desde dentro: erosionando gradualmente los derechos civiles, capturando el poder judicial, debilitando a los partidos, hostigando a la prensa, manipulando las reglas electorales. El populismo bolivariano hizo visible algo esencial: el camino hacia el totalitarismo contemporáneo no siempre llega con botas; puede llegar con papeletas, con leyes, con relatos de redención. La democracia no muere solo cuando es atacada desde fuera; puede morir cuando se degrada desde dentro.
En ese contexto, el proyecto "Bolivariano" plantea una pregunta central: ¿qué protege realmente a una sociedad del autoritarismo? La respuesta suele ser menos épica de lo que la gente imagina. Son las instituciones. Es la separación de poderes. Es una prensa libre. Son las reglas que limitan incluso al gobernante más popular, precisamente porque la popularidad no es garantía de virtud.

Barquisimeto, Venezuela — abril de 2019
Un cartel desgastado con los rostros de Hugo Chávez y Nicolás Maduro se levanta junto a la autopista que une Barquisimeto con Caracas.
Han pasado más de dos décadas. El propósito de grandeza y justicia sostenida no se alcanzó. La esperanza se desvaneció. Desde la perspectiva de un proyecto fotográfico y periodístico, "Bolivariano" no es solo un registro de acontecimientos; es una advertencia sobre la fragilidad de la libertad. Lo ocurrido en Venezuela no pertenece solo a Venezuela. Pertenece al siglo XXI. Porque la defensa de los valores democráticos, la separación de poderes y la integridad institucional no son lujos de sociedades estables: son la última garantía de nuestra libertad frente a los nuevos populismos totalitarios del siglo XXI.
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Bolivariano forma parte del trabajo de largo recorrido de Álvaro Ybarra Zavala, dentro de Proyectos personales. Puedes consultar el registro completo de publicaciones, exposiciones y premios en el archivo de actualidad.
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