Editorial
Dana
Cuando subió el agua
En la noche del 29 de octubre de 2024, una riada catastrófica golpeó los municipios del sur de Valencia. Una gota fría conocida como DANA —Depresión Aislada en Niveles Altos— llevaba días formándose sobre el Mediterráneo occidental, arrastrando aire cálido y saturado desde el mar y comprimiéndolo contra las montañas costeras. En cuestión de horas cayeron precipitaciones equivalentes a la media de un año entero sobre varios municipios de la provincia, en uno de los episodios más graves de la dana de Valencia de 2024.
El torrente descendió por barrancos y cauces secos que no llevaban agua desde hacía décadas. Las calles se convirtieron en ríos. Los aparcamientos subterráneos se transformaron en trampas mortales. Plantas bajas enteras quedaron sumergidas en cuestión de minutos. Al amanecer, la magnitud de la devastación empezaba a hacerse visible: barrios sepultados bajo gruesas capas de barro, vehículos amontonados contra los edificios, puentes derrumbados, tendidos eléctricos caídos y redes de comunicación cortadas.

Paiporta, Valencia, España — 2 de noviembre de 2024
Un voluntario carga escombros al hombro por las calles de Paiporta, uno de los municipios más devastados por la riada de la DANA. Miles de voluntarios se organizaron de forma espontánea para ayudar a los vecinos a desenterrar sus casas después de las catastróficas inundaciones de octubre de 2024 en Valencia.
Las primeras horas estuvieron marcadas por la confusión y el aislamiento. Los servicios de emergencia, desbordados por la velocidad y la extensión de la riada, tuvieron enormes dificultades para llegar a las zonas más afectadas. Las carreteras eran intransitables. Las redes telefónicas habían colapsado. En localidades como Paiporta, Catarroja, Sedaví y Massanassa, los vecinos salieron de las plantas superiores para encontrar sus calles irreconocibles: un paisaje de barro, escombros y silencio que definiría los días posteriores a la inundación.

Paiporta, Valencia, España — 2 de noviembre de 2024
Voluntarios trabajan en las labores de desescombro y limpieza del barro en las calles de Paiporta, una localidad arrasada por el paso de la DANA. El esfuerzo civil se convirtió en la columna vertebral de la recuperación durante los primeros días tras la catástrofe.
Antes de que pudiera organizarse cualquier respuesta institucional a gran escala, miles de ciudadanos anónimos comenzaron a movilizarse. Llegaron a pie, en bicicleta, en caravanas de vehículos particulares cargados de palas, escobas, botas de agua y botellas de agua potable. Muchos eran jóvenes: estudiantes que habían suspendido sus clases, trabajadores que se habían tomado el día libre, adolescentes que simplemente habían salido de sus casas para ayudar. Venían de la ciudad de Valencia, de pueblos vecinos, de otras provincias. Nadie los coordinaba. Nadie les había pedido que fueran. Fue un ejemplo puro de respuesta humana ante el desastre.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Voluntarios improvisan herramientas para retirar escombros, barro y agua estancada de las calles de Paiporta en las horas inmediatamente posteriores a la DANA. Con los servicios oficiales desbordados, vecinos y gente llegada de fuera trabajaron codo con codo para reabrir el pueblo.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Una familia hace balance de los daños en su casa después de que la DANA arrasara el municipio de Paiporta. En todos los pueblos afectados, las familias se enfrentaron a la pérdida de muebles, electrodomésticos y una vida entera de objetos personales enterrados bajo gruesas capas de barro.

Torrent, Valencia, España — 2 de noviembre de 2024
Una pareja limpia el barro y el lodo del interior de un negocio en el municipio de Torrent. Cientos de pequeños comercios, talleres y bares del área metropolitana de Valencia quedaron destruidos en cuestión de minutos por la riada.
Dentro de las viviendas afectadas, la escena se repetía con una consistencia atroz. Muebles volcados. Electrodomésticos destrozados. Fotografías familiares deformadas por el agua. En muchos casos, el agua había subido por encima de la altura de una persona, dejando una marca visible en las paredes. El barro —espeso, pesado y de olor nauseabundo— cubría cada superficie. Retirarlo exigía horas de esfuerzo físico sostenido con herramientas rudimentarias.
Los voluntarios formaban cadenas humanas espontáneas, pasándose cubos de barro y escombros de mano en mano desde el interior de los edificios hasta la calle. Otros barrían el agua de las escaleras, despejaban desagües obstruidos por el lodo o cargaban colchones y sofás inservibles hasta montones cada vez mayores junto a las aceras. El trabajo era agotador y repetitivo. Nadie se quejaba. Simplemente seguían adelante, en un acto de solidaridad en medio de la crisis.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Una mujer barre el barro dentro de su casa en Paiporta. El interior de todas las viviendas de las calles más castigadas conservaba la misma línea dejada por el agua, que marcaba la altura alcanzada por la riada en su punto máximo.
Las calles de las localidades afectadas se transformaron en corredores de destrucción a cielo abierto. Los coches habían sido arrastrados cientos de metros desde donde estaban aparcados, apilados contra muros y farolas por la fuerza de la corriente. Tractores, motocicletas y furgonetas de reparto yacían volcados en los cruces. Capas de materia orgánica —ramas, cañas, restos agrícolas— se mezclaban con objetos domésticos y mercancía comercial formando densas barricadas.
Juguetes infantiles, libros de texto, utensilios de cocina y documentos personales quedaron esparcidos por los espacios públicos. La frontera entre la vida doméstica y el mundo exterior se había borrado. El agua había hecho público todo lo privado.

Paiporta, Valencia, España — 2 de noviembre de 2024
Una cadena humana de voluntarios se organiza para retirar escombros y barro de las calles de Paiporta, devastada por el paso de la DANA. La imagen se convirtió en uno de los símbolos de la solidaridad ciudadana durante la emergencia de las inundaciones de Valencia.
Los lugares de culto, las escuelas y los comercios locales sufrieron por igual. Iglesias que llevaban siglos en pie quedaron llenas de barro y escombros. Los bancos aparecían volcados, los altares dañados, los suelos cubiertos por una espesa capa de sedimento. Los comerciantes abrían sus puertas para encontrar todo su género destruido: estanterías derrumbadas, frigoríficos volcados, equipos electrónicos sin posibilidad de reparación.

Torrent, Valencia, España — 2 de noviembre de 2024
Un voluntario ayuda a los vecinos de Torrent en las tareas de limpieza y desescombro. Muchos de los que se desplazaron a la zona catastrófica eran jóvenes que se organizaron a través de las redes sociales sin ninguna coordinación institucional.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Interior de un negocio de Paiporta después de la DANA. Estanterías derrumbadas, neveras volcadas, equipos electrónicos inservibles: cientos de negocios familiares perdieron todas sus existencias en una sola noche.
Las imágenes panorámicas de la devastación resultaban impactantes por su escala. Barrios enteros parecían haber sufrido un bombardeo. Los interiores de viviendas y comercios revelaban la dimensión más íntima de la catástrofe: objetos personales, acumulados con cuidado durante toda una vida, reducidos a desechos sin valor en cuestión de minutos, un crudo retrato visual del desastre.
El recinto ferial a las afueras de una de las localidades ofrecía una de las imágenes más surrealistas. Caballitos de tiovivo y atracciones infantiles yacían enredados entre barro y vegetación, sus colores vivos absurdamente fuera de lugar frente a la devastación monocroma que los rodeaba.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Interior de la Iglesia de la Inmaculada de Paiporta tras el paso de la DANA. El templo histórico, como muchos lugares de culto de los pueblos afectados, quedó lleno de barro, bancos volcados y una espesa capa de sedimento.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Interior de un supermercado inundado en Paiporta después de la DANA. La destrucción de la red de distribución de alimentos obligó a los vecinos a depender durante días de la ayuda humanitaria repartida por voluntarios y servicios de emergencia.

Paiporta, Valencia, España — 5 de noviembre de 2024
Los restos de una feria ambulante tras el paso de la DANA por Paiporta. Los caballos de un tiovivo y las atracciones infantiles quedaron enredados entre el barro y los escombros, con sus colores vivos absurdamente fuera de lugar en medio de la devastación.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Un vecino de Paiporta intenta sacar un coche del barro con la ayuda de un tractor. Decenas de miles de vehículos fueron arrastrados, amontonados contra los muros y enterrados en el lodo por la fuerza de la corriente.
A medida que pasaban los días, el esfuerzo de los voluntarios no disminuía, sino que se intensificaba. Las redes sociales se convirtieron en la principal herramienta de coordinación. Asociaciones vecinales, grupos de estudiantes y clubes deportivos organizaban transporte, repartían suministros y compartían información en tiempo real sobre qué calles ya se habían limpiado y cuáles todavía necesitaban ayuda. Profesionales de distintos oficios ofrecían su trabajo de forma gratuita. Fontaneros, electricistas y albañiles trabajaban codo con codo junto a estudiantes universitarios y jubilados.
El desgaste físico era enorme. Los voluntarios trabajaban jornadas de diez y doce horas en condiciones peligrosas: estructuras inestables, agua contaminada, cristales rotos ocultos bajo capas de barro. Equipos médicos improvisaron puntos de atención para tratar cortes, deshidratación y agotamiento. Y aun así, la gente volvía a la mañana siguiente, y a la otra.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Un sacerdote de la Iglesia de la Inmaculada de Paiporta ayuda a retirar el barro y el agua estancada de la calle, frente al templo, después de la DANA. Figuras religiosas y civiles se sumaron a las tareas de limpieza junto a los vecinos y a los voluntarios llegados de fuera.
Entre las imágenes más poderosas estaban las de los rostros individuales. El joven que levantaba una caja por encima de su cabeza, la ropa empapada de barro. La mujer sentada en un sofá destrozado en medio de una calle inundada, con la mirada perdida. El adolescente que se detenía a secarse los ojos antes de volver a coger la pala. Cada rostro contaba una historia que ninguna estadística podía capturar.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Los voluntarios hacen lo que pueden para retirar escombros, barro y agua de las calles de Paiporta después de la DANA. El trabajo era repetitivo, agotador y a menudo peligroso, y aun así miles de personas volvieron día tras día para continuar.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Una mujer sentada en la calle contempla los restos de su casa, devorada por el barro tras el paso de la DANA por Paiporta. La riada había borrado el límite entre la vida doméstica y el exterior.
El ejército español desplegó unidades de la Unidad Militar de Emergencias (UME), un cuerpo específicamente entrenado para la respuesta ante catástrofes. Los soldados llegaron con maquinaria pesada, vehículos anfibios y equipos de búsqueda y rescate dotados de cámaras térmicas y drones. Trabajaron junto a los voluntarios civiles, despejando carreteras, sacando vehículos y buscando víctimas en estructuras derrumbadas y sótanos inundados.
Por la noche, las localidades devastadas adquirían un carácter distinto. Sin electricidad, barrios enteros quedaban sumidos en la oscuridad. La única luz procedía de los vehículos militares, los generadores portátiles y las linternas frontales de los soldados que patrullaban las calles. El paisaje sonoro cambiaba: el ruido diurno de las palas y las conversaciones daba paso al zumbido de las bombas de achique y al rumor lejano de los camiones que retiraban escombros.

Paiporta, Valencia, España — 1 de noviembre de 2024
Un grupo de voluntarios ayuda a retirar escombros dentro de la Iglesia de la Inmaculada de Paiporta. En los días posteriores a la riada, el templo fue a la vez lugar de trabajo para los voluntarios y refugio para los vecinos en duelo.

Paiporta, Valencia, España — 5 de noviembre de 2024
Un grupo de vecinos camina en la oscuridad por las calles de Paiporta, completamente devastadas por el paso de la DANA. Sin electricidad ni alumbrado público, los pueblos afectados quedaban sumidos en la oscuridad total al caer la noche.

Paiporta, Valencia, España — 5 de noviembre de 2024
Un grupo de militares del Ejército español realiza labores de desescombro en las calles de Paiporta. El despliegue de la Unidad Militar de Emergencias (UME) marcó el inicio de la respuesta institucional a la catástrofe.
Las personas mayores estaban entre las más vulnerables. Muchas habían quedado atrapadas en plantas superiores durante horas o incluso días antes de ser rescatadas. Algunas lo habían perdido todo. La imagen de una anciana asomada a una puerta, desorientada, junto a un joven voluntario que trataba de consolarla, se convirtió en una de las fotografías que definieron el desastre: un resumen visual de fragilidad y solidaridad conviviendo en un mismo encuadre.

Paiporta, Valencia, España — 5 de noviembre de 2024
Amparo Peris abre la puerta de su casa a Yessica Cuellar, una voluntaria que reparte ayuda humanitaria, con miedo a ser engañada y robada. Las calles de Paiporta habían sufrido saqueos en los días anteriores; con la llegada de las fuerzas de seguridad y del ejército la situación mejoró exponencialmente, pero el miedo y la desconfianza seguían atenazando a los vecinos al caer la noche.

Paiporta, Valencia, España — 5 de noviembre de 2024
Una unidad militar realiza labores de desescombro en las calles de Paiporta. El ejército trabajó sin descanso, muchas veces durante la noche, para reabrir los accesos y despejar las zonas residenciales.

Paiporta, Valencia, España — 5 de noviembre de 2024
Unos militares retiran de las calles de Paiporta los coches destrozados por la DANA. La acumulación de vehículos aplastados fue una de las cicatrices más visibles de la riada y uno de los retos logísticos más complejos de la limpieza.
Más allá de los núcleos urbanos, la riada había transformado el paisaje agrícola de la huerta valenciana. Los arrozales y los naranjales quedaron sumergidos. Las acequias se habían desbordado. Alquerías que habían sobrevivido a generaciones de riadas estacionales sufrieron daños severos. Los equipos de la UME recorrían los campos abiertos buscando a personas desaparecidas, sus siluetas recortadas contra un cielo inmenso.
Los operadores de drones cartografiaban desde el aire la extensión de la inundación, enviando imágenes en tiempo real a los puestos de mando. La escala resultaba difícil de comprender desde el suelo: solo la perspectiva aérea revelaba hasta dónde había llegado el agua.

Parque Natural de la Albufera, Valencia, España — 7 de noviembre de 2024
La UME realiza labores de búsqueda de dos personas desaparecidas en la riada de la DANA dentro del Parque Natural de la Albufera. El humedal, normalmente un ecosistema frágil de arrozales y lagunas, se transformó en una inmensa zona de búsqueda.

Parque Natural de la Albufera, Valencia, España — 6 de noviembre de 2024
Un equipo de la UME realiza labores de búsqueda con un dron en el Parque Natural de la Albufera. Las imágenes aéreas y las cámaras térmicas fueron esenciales para localizar víctimas en una superficie inundada imposible de cubrir a pie.
El peso emocional del desastre se fue acumulando poco a poco. En las primeras horas, la adrenalina y la urgencia sostenían el esfuerzo. Hacia el segundo y el tercer día, el dolor empezó a aflorar. La gente lloraba abiertamente: por las casas perdidas, por los vecinos que no habían sobrevivido, por la certeza de que la recuperación llevaría meses o años, no días. Una mujer de pie entre dos vehículos de emergencia, con la mano apretada contra la boca, encarnaba el instante en que la magnitud de la pérdida se volvía imposible de contener.

Parque Natural de la Albufera, Valencia, España — 7 de noviembre de 2024
La UME continúa la búsqueda de dos personas desaparecidas tras la riada de la DANA en el Parque Natural de la Albufera. Con los días, la esperanza de encontrar supervivientes había dado paso al trabajo sobrio de la recuperación de los cuerpos.

Parque Natural de la Albufera, Valencia, España — 7 de noviembre de 2024
Petruta Sandu (centro) y su hermana Alice Andrea Sandu (izquierda) lloran angustiadas mientras la UME busca a sus padres, desaparecidos en la riada de la DANA dentro del Parque Natural de la Albufera. Sus rostros se convirtieron en el emblema privado de una catástrofe pública.
Dana no fue simplemente un fenómeno meteorológico. Fue la revelación de lo que es una sociedad cuando sus sistemas se ven desbordados y sus ciudadanos deciden, sin que nadie se lo pida, actuar. Los voluntarios que llegaron a las localidades inundadas no esperaron autorización ni coordinación. Respondieron a algo más elemental: la constatación de que sus vecinos sufrían y de que quedarse de brazos cruzados no era una opción. En las calles cubiertas de barro de Valencia, la solidaridad no fue una abstracción. Fue una pala, un par de botas y la voluntad de quedarse hasta terminar el trabajo.

Parque Natural de la Albufera, Valencia, España — 6 de noviembre de 2024
La UME continúa la búsqueda de dos personas desaparecidas arrastradas por la riada de la DANA en el Parque Natural de la Albufera. La silueta de un militar recortada contra la inmensa llanura inundada resume la magnitud del desastre y los límites de la respuesta humana.
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Dana forma parte del trabajo de largo recorrido de Álvaro Ybarra Zavala, dentro de Editorial. Puedes consultar el registro completo de publicaciones, exposiciones y premios en el archivo de actualidad.