Editorial
Iraq
La guerra que se volvió contra sí misma
Las primeras horas del 20 de marzo de 2003 comenzaron con una sucesión de explosiones sobre Bagdad. A las 5:34, hora local, misiles de crucero lanzados desde buques de guerra en el Golfo y bombarderos estratégicos alcanzaron edificios identificados como centros de mando del régimen iraquí. La Operación Libertad Iraquí entraba en su fase visible, marcando el inicio de la guerra de Irak de 2003. En las semanas siguientes, las columnas mecanizadas estadounidenses avanzaron desde Kuwait hacia el norte a una velocidad que sorprendió a muchos observadores. Unidades de la 3.ª División de Infantería y la I Fuerza Expedicionaria de Marines cruzaron el desierto, aseguraron aeródromos, puentes y rutas logísticas, y el 9 de abril alcanzaron la capital. Las imágenes del derribo de la estatua de Sadam Husein en la plaza Firdos se emitieron en directo en todo el mundo.
El 1 de mayo, desde la cubierta del USS Abraham Lincoln, el presidente George W. Bush declaró el fin de las operaciones de combate principales. Sin embargo, en los meses siguientes, la estructura del Estado iraquí se desintegró rápidamente y comenzó una fase de violencia que no se parecía a una guerra convencional, y que evolucionó hacia una prolongada insurgencia y ocupación.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: El sargento de los marines estadounidenses Joseph Benners mira al vacío durante el registro de una casa en Faluya, tres años después del inicio de la guerra de Irak de 2003. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, llena de destrucción, polvo y muertos. Desde las grandes operaciones de las tropas estadounidenses en 2005, la vida diaria de civiles y marines dentro de la ciudad se ha convertido en una lucha por seguir vivos: una de las expresiones más claras de la guerra urbana que acabó definiendo el conflicto.
La Autoridad Provisional de la Coalición, establecida para administrar el país tras la caída del régimen, tomó decisiones que alteraron profundamente el equilibrio interno de poder. La orden de disolver el Ejército iraquí y la política de desbaazificación dejaron a cientos de miles de hombres armados y antiguos funcionarios del Estado sin empleo ni ingresos. En las zonas de mayoría suní, en particular en la provincia occidental de Al Anbar, la combinación de resentimiento, vacío institucional y amplia disponibilidad de armas permitió la formación de redes insurgentes. Durante el verano y el otoño de 2003, los ataques contra las patrullas estadounidenses comenzaron a multiplicarse. Emboscadas con armas ligeras, disparos de francotiradores y artefactos explosivos improvisados en las carreteras establecieron un patrón que se repetiría durante años.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo avanzan entre escombros y muros derruidos mientras patrullan un edificio dañado en Faluya. La ciudad sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la más golpeada por la insurgencia del país: un paisaje de destrucción, polvo y muerte donde la realidad de la guerra urbana de la guerra de Irak de 2003 se concentra en cada calle y en cada pared caída. Desde las grandes operaciones estadounidenses de 2005, la vida diaria de civiles y marines dentro de Faluya se ha convertido en una lucha continua por seguir vivos.
Al Anbar, una vasta provincia que conecta Bagdad con las fronteras de Siria y Jordania, se convirtió en uno de los principales focos de la insurgencia. Las rutas del desierto permitían el tránsito de combatientes extranjeros y el movimiento de armas. Las ciudades de Faluya y Ramadi concentraron progresivamente la violencia. Los marines estadounidenses, desplegados como fuerza expedicionaria en el oeste del país, asumieron la responsabilidad operativa de la provincia. A partir de ese momento, sucesivas unidades rotarían por Al Anbar, enfrentándose a una realidad de combate urbano que evolucionó año tras año.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo se mueven por el interior en penumbra de un edificio dañado durante una patrulla en Faluya. La ciudad sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la más golpeada por la insurgencia del país: un paisaje de destrucción, polvo y muerte. Desde las grandes operaciones estadounidenses de 2005, la vida diaria de civiles y marines dentro de Faluya se ha convertido en una lucha continua por seguir vivos.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - DICIEMBRE DE 2006: Una unidad de la Fuerza de Reacción Rápida estadounidense sube una escalera a oscuras alumbrada por linternas durante una operación diurna en Bagdad, en apoyo de una unidad de la policía iraquí en una redada conjunta. En toda la capital, estas operaciones combinadas se han convertido en parte de la realidad cotidiana de la insurgencia y la ocupación: pasillos estrechos, edificios sin luz y la tensión constante de moverse por interiores desconocidos en los que cada puerta puede esconder a un insurgente o un artefacto.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: La imagen de unas mujeres iraquíes, captada en el reflejo de un espejo dentro de su casa, revela un miedo visible mientras los marines estadounidenses se preparan para registrar la vivienda en Faluya. La ciudad sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la más golpeada por la insurgencia del país: un paisaje de destrucción, polvo y muerte. Desde las grandes operaciones estadounidenses de 2005, la vida diaria de civiles y marines dentro de Faluya se ha convertido en una lucha continua por seguir vivos.
Faluya fue uno de los primeros escenarios en los que la insurgencia alcanzó visibilidad internacional. En abril de 2003, semanas después de la caída de Bagdad, ya se habían producido enfrentamientos aislados entre fuerzas estadounidenses y residentes armados. El 31 de marzo de 2004 ocurrió un episodio que marcó un punto de inflexión. Cuatro contratistas de seguridad estadounidenses fueron emboscados en el centro de la ciudad. Tras ser asesinados, sus cuerpos fueron mutilados y dos de ellos colgados de un puente sobre el río Éufrates. Las imágenes circularon por las cadenas de televisión y las agencias de noticias internacionales en cuestión de horas.
Días después comenzó la Operación Vigilant Resolve. Unidades de la I Fuerza Expedicionaria de Marines rodearon Faluya y lanzaron incursiones en barrios donde se sospechaba que operaban células insurgentes. El entorno urbano planteaba desafíos complejos: calles estrechas, viviendas de hormigón con patios interiores interconectados, azoteas contiguas que permitían el movimiento sin exposición directa. Bajo presión del gobierno interino iraquí y en medio de las repercusiones políticas del asalto, la ofensiva se suspendió antes de que la ciudad pudiera quedar bajo control militar total.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - DICIEMBRE DE 2006: Soldados del Ejército estadounidense esperan en una sala contigua mientras sus mandos se reúnen con las autoridades de la policía iraquí en Bagdad. Estas reuniones de coordinación entre oficiales americanos y jefes locales de seguridad se han vuelto rutinarias en las operaciones de la capital, a medida que la estrategia se orienta poco a poco hacia el adiestramiento y el fortalecimiento de las fuerzas iraquíes. Para los soldados que aguardan, la espera es uno de los momentos más tranquilos de un despliegue definido por las patrullas, las redadas y la alerta permanente de la guerra urbana.
Entre la primavera y el otoño de 2004, los mandos estadounidenses identificaron Faluya como bastión de grupos vinculados a Al Qaeda en Irak. En noviembre de 2004, tras meses de combates y preparación operativa, comenzó una segunda ofensiva, mayor: la Operación Phantom Fury, conocida después como la batalla de Faluya. Miles de marines, junto con unidades del Ejército de Estados Unidos y fuerzas iraquíes, rodearon la ciudad. Antes del asalto principal, se establecieron corredores para permitir la evacuación de la población civil.
Los insurgentes habían preparado defensas escalonadas. Se descubrieron túneles excavados bajo las viviendas, barricadas, nidos de ametralladora y numerosos artefactos explosivos improvisados ocultos en edificios y calles. Los equipos de asalto forzaban las puertas con cargas explosivas, despejaban las habitaciones y aseguraban las azoteas. Los francotiradores operaban desde minaretes y estructuras elevadas. Al concluir la operación, Faluya fue declarada bajo control estadounidense. La infraestructura urbana quedó gravemente dañada y miles de residentes permanecieron desplazados durante meses.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Un marine estadounidense de la Compañía Bravo se detiene junto a un civil iraquí frente a un muro acribillado a balazos durante una patrulla en Faluya. Encuentros breves como éste —mitad conversación, mitad evaluación— definen buena parte del contacto diario entre las fuerzas americanas y los vecinos de la ciudad, en un lugar donde cada calle conserva las marcas de las batallas del año anterior y donde la desconfianza mutua condiciona casi cualquier interacción.
Mientras Faluya dominaba los titulares, Ramadi vivía una dinámica distinta pero igualmente violenta. Capital de la provincia de Al Anbar, Ramadi se convirtió entre 2004 y 2006 en uno de los entornos más peligrosos para las fuerzas estadounidenses. A diferencia de Faluya, donde el combate se concentraba en ofensivas puntuales, en Ramadi la violencia adoptó la forma de una guerra de desgaste cotidiana. Los marines establecieron puestos avanzados dentro de los barrios conflictivos para mantener una presencia permanente, definiendo así la insurgencia de Ramadi.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - AGOSTO DE 2006: Dentro de la base de los marines estadounidenses conocida como Shoker, una de las posiciones más atacadas de la batalla de Faluya, unos soldados descansan bajo el hormigón roto de una escalera dañada. Las condiciones de vida aquí rozan lo inhumano, en fuerte contraste con las grandes bases de retaguardia donde está la mayoría de los marines desplegados en Irak. Sólo un 15 % de las tropas enviadas al país acaba en zonas de combate activo; entre ellas, la Compañía Bravo, cuya vida diaria dentro de este edificio maltrecho refleja la realidad de una ciudad que sigue siendo la más golpeada por la insurgencia en Irak, donde la propia supervivencia se ha convertido en la tarea central de cada patrulla y de cada noche de guardia.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo se agrupan alrededor de un portátil dentro de su barracón en la base Shoker de Faluya para ver la cobertura de la CNN sobre la guerra de Irak durante una breve pausa en las operaciones. El contraste es enorme: a unos metros de las calles que patrullan cada día, siguen el mismo conflicto que el resto del mundo, filtrado por una pantalla lejana. Faluya sigue siendo la ciudad más golpeada por la insurgencia del país y, para los hombres de la Compañía Bravo, esas ventanas cortas de noticias, descanso y silencio son el único recordatorio de que la vida más allá de la ciudad continúa a otro ritmo.
El uso sistemático de artefactos explosivos improvisados se convirtió en la principal amenaza. Se colocaban en las carreteras, se ocultaban dentro de vehículos abandonados o se enterraban bajo el asfalto. Algunos se activaban por control remoto; otros, por presión o mediante cables ocultos. La detonación de un artefacto al paso de un vehículo podía destruir un blindado ligero y causar múltiples bajas. A lo largo de 2005 y 2006, los artefactos explosivos improvisados representaron la mayor proporción de bajas estadounidenses en Irak.
Hacia 2006, la situación en Ramadi había alcanzado niveles graves de violencia. Las bases eran atacadas regularmente con morteros y cohetes. Los registros nocturnos se habían convertido en parte de la rutina operativa. Identificar a los insurgentes en un entorno donde los combatientes se mezclaban con la población civil resultaba complejo y provocaba enfrentamientos frecuentes. Ese mismo año, las cifras de bajas estadounidenses en Irak alcanzaron uno de sus picos más altos desde el inicio de la guerra.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Un marine estadounidense de la Compañía Bravo duerme en un catre dentro de la base Shoker de Faluya, con el fusil y el equipo al alcance de la mano. Tras horas de patrulla y de la alerta constante que exige una de las ciudades más golpeadas por la insurgencia en Irak, el descanso llega donde puede: vestido del todo, con el arma al lado, listo para ponerse en pie al primer ruido del exterior. Estos breves momentos de sueño son de las pocas pausas de una rutina diaria marcada por el agotamiento, el calor y la espera permanente del siguiente ataque.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo se cortan el pelo por turnos durante un rato de tiempo libre en la base Shoker de Faluya. Pequeños rituales como éste —barberías improvisadas, tareas compartidas, conversaciones tranquilas entre relevos— forman parte de la normalidad frágil que la unidad se construye entre patrulla y patrulla. Fuera, la ciudad sigue siendo la más golpeada por la insurgencia en Irak; dentro, cada corte de pelo es una manera de aferrarse a la rutina en un lugar donde casi nada resulta rutinario.

Ramadi, Al Anbar, Irak
RAMADI, IRAK - AGOSTO DE 2006: Un marine estadounidense sin camiseta palea arena bajo el calor del mediodía para llenar sacos terreros con los que reforzar las posiciones defensivas de una base en Ramadi, en pleno auge de la insurgencia de Ramadi. En la capital de Al Anbar, donde los ataques con morteros y cohetes contra los puestos estadounidenses son diarios, fortificar muros, búnkeres y garitas es una tarea constante que ejecutan las propias tropas entre patrulla y patrulla. El trabajo es agotador y casi nunca aparece en la imagen pública de la guerra, pero es una de las formas más básicas de supervivencia en una ciudad donde cada posición debe reforzarse una y otra vez.
En paralelo, la guerra generaba un debate cada vez más intenso dentro de Estados Unidos. Las justificaciones iniciales basadas en la existencia de armas de destrucción masiva quedaron en entredicho cuando las inspecciones posteriores no encontraron dichos arsenales. Los comités del Senado y de la Cámara de Representantes examinaron los informes de inteligencia que habían precedido a la invasión. Las encuestas de opinión pública reflejaron un descenso sostenido en el apoyo a la guerra.
En abril de 2004, la publicación de fotografías que documentaban abusos a prisioneros en la cárcel de Abu Ghraib provocó indignación internacional. En noviembre de 2005, en la localidad de Haditha, una operación de marines tras la explosión de un artefacto provocó muertes de civiles, lo que desencadenó largas investigaciones militares. Cada episodio añadía presión política. En 2006, el Partido Demócrata obtuvo mayorías en ambas cámaras del Congreso en unas elecciones marcadas por el descontento público con la guerra.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses entrenan en un gimnasio improvisado dentro de su base en Faluya. Muchos se ejercitan a diario para mantenerse en forma y descargar parte de la tensión que se acumula entre patrullas. En una ciudad que sigue siendo la más golpeada por la insurgencia en Irak, la preparación física no es sólo una disciplina personal, sino una necesidad operativa: cada patrulla, cada entrada en un edificio, cada reacción ante una emboscada exige un cuerpo capaz de cargar peso, correr bajo el fuego y aguantar largas horas con el equipo completo bajo un calor extremo.
Mientras tanto, en Al Anbar comenzaba a gestarse un giro significativo. Líderes tribales suníes, enfrentados a la influencia y los métodos coercitivos de Al Qaeda en Irak, empezaron a establecer contacto con las fuerzas estadounidenses. Este proceso, conocido como el Despertar de Anbar, dio lugar a la formación de milicias locales que colaboraron en la seguridad de barrios y rutas. En enero de 2007, la administración Bush anunció el «surge»: se desplegaron miles de tropas adicionales, combinando una mayor presencia militar con la cooperación tribal y el entrenamiento de las fuerzas iraquíes.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Un marine estadounidense de la Compañía Bravo ve las noticias solo, bajo una gran bandera de Estados Unidos, en el comedor de la base instalada en la antigua estación de tren de Faluya. La sala vacía, el televisor lejano y los muebles gastados dibujan una escena doméstica que resulta extrañamente fuera de lugar en mitad de una zona de guerra. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, y para los hombres de la Compañía Bravo estas comidas silenciosas son uno de los pocos momentos del día en que la guerra pasa por un instante a segundo plano.

Ramadi, Al Anbar, Irak
RAMADI, IRAK - DICIEMBRE DE 2006: La comandante Megan McLung, de 43 años, natural de Coupeville (Washington), fotografía al hijo pequeño de una de las familias tribales más influyentes de Ramadi, convertida hace poco en aliada del Ejército estadounidense. La nueva estrategia americana en Al Anbar frente a la insurgencia de Ramadi se apoya en estas alianzas frágiles con los grupos tribales suníes locales, formadas para enfrentarse a Al Qaeda en Irak desde dentro de las comunidades que la insurgencia había controlado. Una hora después de tomarse esta imagen, la comandante McLung murió en una emboscada provocada por un artefacto explosivo improvisado (IED) dentro del territorio del mismo aliado tribal al que acababa de visitar: un recordatorio brutal del coste humano del conflicto y de lo delgada que seguía siendo la línea entre la cooperación y la violencia durante los meses del Despertar de Anbar.

Ramadi, Al Anbar, Irak
RAMADI, IRAK - DICIEMBRE DE 2006: Un puesto de control de la policía iraquí al amanecer en la carretera que entra en Ramadi desde Bagdad, con las siluetas de los agentes recortadas contra la primera luz. Los hombres que lo custodian son antiguos miembros de una milicia suní local, integrados ahora en la policía iraquí como parte de la nueva estrategia de cooperación entre las fuerzas estadounidenses y las tribus de Al Anbar contra Al Qaeda en Irak. Puestos como éste marcan la transformación lenta y frágil de la provincia durante los meses del Despertar de Anbar, cuando el control de las carreteras empezó a pasar de la emboscada insurgente a la vigilancia de hombres locales de uniforme.
En Ramadi y Faluya, la violencia comenzó a descender progresivamente entre 2007 y 2008. Las comisarías y las oficinas gubernamentales reabrieron. Se consolidó la estrategia de mantener una presencia constante en barrios antes dominados por los insurgentes. Las patrullas continuaron, pero el número de ataques descendió respecto a años anteriores.
La introducción de vehículos MRAP, diseñados con un casco en forma de V para desviar la onda expansiva de las explosiones, fue una de las respuestas más visibles a la amenaza. Antes de su despliegue generalizado, muchos marines patrullaban en Humvees cuya protección resultaba insuficiente frente a cargas de alta potencia. Las rutas de suministro entre bases, en particular la carretera que conecta Ramadi con Bagdad, se convirtieron en objetivos recurrentes.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Un marine estadounidense de la Compañía Bravo se inclina sobre el asiento del conductor para registrar el interior de un vehículo durante una patrulla en Faluya. Los controles y registros como éste forman parte de la rutina diaria en una ciudad donde cualquier coche puede esconder un arma, un artefacto explosivo o simplemente a una familia asustada que intenta pasar de un barrio a otro. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, y para los hombres de la Compañía Bravo cada control, cada puerta abierta y cada guantera inspeccionada es un pequeño gesto más en el esfuerzo largo y agotador de seguir vivos.
Las elecciones legislativas de noviembre de 2006 dieron al Partido Demócrata la mayoría en ambas cámaras del Congreso. A partir de entonces, cada presupuesto relacionado con Irak implicó negociaciones más disputadas. Las comparecencias del secretario de Defensa y de altos mandos militares se emitían en directo. Las cifras de bajas se citaban en cada sesión. Las organizaciones de familias militares y las asociaciones de veteranos intensificaron su presencia en el debate público.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - DICIEMBRE DE 2006: Miembros de la Compañía Bravo, 2.º Pelotón de la 1.ª División de Caballería, con base en Fort Hood (Texas), viajan en el interior en penumbra de un vehículo blindado camino de registrar casas junto a una unidad de la policía iraquí en el barrio de Karrada, en Bagdad. Estas operaciones conjuntas se han convertido en un elemento central de la nueva estrategia en la capital, y complementan las ofensivas urbanas más duras de la batalla de Faluya con el conocimiento local de las fuerzas de seguridad iraquíes. Los minutos dentro del vehículo —silenciosos, a media luz, con el peso del equipo encima— suelen ser los últimos momentos de calma antes de que las puertas se abran a una calle donde puede pasar cualquier cosa.
En Ramadi, la estrategia evolucionó hacia la ocupación permanente de los barrios mediante pequeñas posiciones avanzadas conocidas como Combat Outposts. En lugar de operar exclusivamente desde grandes bases periféricas, los marines se instalaron dentro de las zonas consideradas hostiles. Fue en este contexto cuando comenzó a consolidarse la cooperación con las tribus suníes. Frente a la coerción de Al Qaeda en Irak, los líderes tribales decidieron colaborar con las fuerzas estadounidenses. La creación de las milicias Sahwa desplazó el equilibrio interno de poder en toda la provincia.
Durante los años más intensos, en particular entre 2004 y 2007, la vida cotidiana de los marines en Al Anbar quedó definida por una rutina operativa que combinaba patrullas a pie, convoyes motorizados, registros nocturnos y la defensa permanente de los puestos avanzados. El enemigo operaba en células pequeñas, explotaba el terreno urbano y recurría de forma sistemática a explosivos improvisados. La construcción de estos artefactos evolucionó desde cargas rudimentarias hasta dispositivos sofisticados con detonadores de radiofrecuencia o placas de presión enterradas bajo el asfalto.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo se desplazan a toda velocidad por un edificio abandonado de Faluya después de recibir fuego de francotirador durante una patrulla. El barrido de la imagen recoge la urgencia de los segundos en los que la unidad busca cobertura y asegura la estructura habitación por habitación antes de que el tirador cambie de posición. En una ciudad que sigue siendo la más golpeada por la insurgencia en Irak, la guerra urbana de la batalla de Faluya convierte una calle abierta en una zona de muerte en cuestión de segundos, y entrar en un edificio es a menudo la única respuesta posible, aunque ese mismo edificio, medio derruido y lleno de sombras, pueda albergar la amenaza de la que los marines intentan escapar.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo avanzan entre la vegetación densa de la orilla de un río en las afueras de Faluya en busca de un zulo donde se sospecha que la resistencia iraquí almacena armas. Operaciones como ésta —lentas, agotadoras, hechas en silencio y bajo el calor— son una pieza clave del esfuerzo por desmantelar la red logística que sostiene a la insurgencia en la ciudad. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, y cada zulo descubierto significa unos fusiles y unos explosivos menos en las calles que esa misma unidad tendrá que volver a patrullar al día siguiente.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo retienen y registran a un hombre iraquí contra una pared en Faluya tras detenerlo bajo sospecha de ayudar a los insurgentes de la zona. Detenciones como ésta, realizadas en plena calle y a la vista del vecindario, forman parte de la rutina diaria en una ciudad donde la línea entre civil y combatiente se redibuja constantemente, y donde cada arresto, justificado o no, deja huella en la relación entre la unidad y la comunidad a la que patrulla. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, y estos momentos, breves y tensos, condensan buena parte del peso moral de la guerra en un solo cuerpo, una sola pared, un solo par de manos levantadas sobre la cabeza.
Sobre el terreno, el «surge» reconfiguró la distribución de las fuerzas. En Ramadi, los ataques comenzaron a descender de forma sostenida a lo largo de 2007. Faluya experimentó una reducción en la frecuencia de los enfrentamientos directos. La combinación de presión militar sostenida y cooperación tribal debilitó a Al Qaeda en Irak en toda la provincia.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo avanzan por una calle desierta durante una patrulla por el centro de Faluya. Las avenidas vacías, las persianas bajadas y la ausencia total de civiles forman parte del paisaje diario de una ciudad donde el ruido de un motor o un disparo lejano bastan para despejar una manzana entera en segundos: el silencio de una guerra que se repliega sobre sí misma tres años después de la invasión. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, y para los hombres de la Compañía Bravo cada patrulla por estas calles silenciosas es un ejercicio de lectura del vacío: buscar, en la ausencia de gente, las señales de la emboscada que quizá ya espera en la esquina siguiente.
En el ámbito militar, las rotaciones continuaron. Muchos marines que habían participado en la segunda batalla de Faluya regresaron a Irak en despliegues posteriores. El ritmo operativo acumulado generó una carga psicológica considerable. El Departamento de Defensa comenzó a ampliar sus programas de salud mental, y el Departamento de Asuntos de Veteranos registró un aumento sostenido de solicitudes relacionadas con el trastorno de estrés postraumático y las lesiones cerebrales traumáticas derivadas de la exposición a explosiones.
En 2008, Estados Unidos e Irak firmaron el Acuerdo sobre el Estatuto de las Fuerzas (SOFA), que estableció un calendario para una retirada progresiva. Las bases comenzaron a transferirse a las autoridades iraquíes. Las operaciones de combate directo se redujeron a medida que el énfasis se desplazaba hacia el entrenamiento de las fuerzas de seguridad iraquíes.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - DICIEMBRE DE 2006: Soldados de una unidad de la Fuerza de Reacción Rápida estadounidense descansan al sol sobre un vehículo de combate Bradley en su base de Bagdad, a la espera de ser activados para la próxima misión. La vida en una unidad de este tipo se construye alrededor de esas largas esperas: horas de quietud sobre el blindaje de un vehículo que puede salir en cualquier momento a apoyar a tropas bajo fuego, responder a un ataque con IED o respaldar una operación de la policía iraquí en la ciudad. El sol, el silencio y el peso del equipo dejado al alcance de la mano pertenecen a la misma rutina: una calma que nunca es del todo calma, suspendida entre un aviso y el siguiente, en una capital donde la orden de moverse puede llegar a cualquier hora del día o de la noche.
Durante casi una década, la guerra de Irak se desarrolló simultáneamente en dos frentes. Sobre el terreno, los marines afrontaban emboscadas, explosivos improvisados y combate urbano en ciudades como Faluya y Ramadi. En Estados Unidos, el conflicto era objeto de investigaciones legislativas, debates presupuestarios y campañas electorales. Cada operación, cada incidente investigado, cada comparecencia ante el Congreso formaba parte de un debate nacional que acompañó al conflicto desde sus primeras semanas hasta la retirada final.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Un marine estadounidense de la Compañía Bravo bebe de su mochila de hidratación CamelBak durante una breve pausa en mitad de una operación en Faluya. Con temperaturas de verano que superan con frecuencia los 45 ºC, la hidratación resulta tan crítica como la munición: cada patrulla, cada registro de una casa, cada tramo largo con el equipo completo depende de los pocos tragos que un marine puede dar por el tubo de su mochila sin bajar el arma ni perder de vista la calle. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, y estas pausas breves —un sorbo de agua caliente, un instante de quietud, la mirada aún puesta en las azoteas— forman parte de los rituales pequeños e invisibles que mantienen en pie a los hombres de la Compañía Bravo un día más de guerra.
En diciembre de 2011, las últimas tropas estadounidenses abandonaron Irak. El conflicto había durado casi nueve años. Más de 4.400 militares estadounidenses habían muerto y decenas de miles habían resultado heridos. Las bajas iraquíes, tanto civiles como combatientes, fueron considerablemente más elevadas, aunque las estimaciones variaban ampliamente según la fuente. El coste financiero total ascendió a cientos de miles de millones de dólares.
La retirada no puso fin a la inestabilidad regional. En 2014, el Estado Islámico lanzó una ofensiva que le permitió apoderarse de amplias zonas del oeste de Irak, incluidas Faluya y Ramadi. Las fuerzas iraquíes, respaldadas por el apoyo aéreo de una coalición internacional, lanzaron nuevas campañas para recuperar ambas ciudades en 2015 y 2016.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - JULIO DE 2006: Marines estadounidenses de la Compañía Bravo descansan a cubierto dentro de un edificio que han ocupado en las afueras de Faluya, en mitad de una operación destinada a localizar células insurgentes activas en la zona. Tomar una casa vacía —o una cuyos habitantes han sido apartados temporalmente— y convertirla en posición avanzada es una táctica habitual en esta clase de misiones: los muros protegen, las ventanas se vuelven puestos de observación y las habitaciones permiten a la unidad rotar la guardia y el descanso sin abandonar la zona. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia del país, y estas pausas breves dentro de edificios prestados, mitad refugio y mitad puesto avanzado, son de los pocos momentos en que los hombres de la Compañía Bravo pueden dejar caer su peso contra una pared antes de volver a salir a la calle.

Faluya, Al Anbar, Irak
FALUYA, IRAK - AGOSTO DE 2006: Un grafiti que dice «FUCK IRAQ» aparece pintado sobre un muro destruido dentro de la base de los marines estadounidenses conocida como Shoker, en Faluya, una de las posiciones más atacadas de la ciudad. El mensaje, escrito a mano sobre el hormigón roto, refleja el estado de ánimo de muchos de los marines de la Compañía Bravo destinados aquí. Las condiciones de vida en Shoker rozan lo inhumano, en fuerte contraste con las grandes bases de retaguardia donde la inmensa mayoría de los marines desplegados en Irak pasa su misión. Sólo un 15 % de las tropas enviadas al país acaba en zonas de combate activo, y la Compañía Bravo es una de esas unidades. Faluya sigue siendo un símbolo de la resistencia iraquí y la ciudad más golpeada por la insurgencia en Irak —un paisaje de destrucción, polvo y muerte— donde, desde las grandes operaciones estadounidenses de 2005, la vida diaria de civiles y marines se ha reducido a una lucha constante por seguir vivos.
Durante casi una década, Faluya y Ramadi representaron dos caras de una misma realidad operativa. En Faluya, el conflicto alcanzó momentos de intensidad concentrada a través de grandes ofensivas con combates urbanos prolongados. En Ramadi, la violencia se manifestó como una guerra de desgaste continua, definida por artefactos explosivos, emboscadas y fuego indirecto. En ambos casos, los marines operaban en un entorno urbano complejo donde distinguir al combatiente del civil resultaba extraordinariamente difícil.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - NOVIEMBRE DE 2006: Un helicóptero Black Hawk de evacuación médica aterriza en la pista trasera del 28th Combat Support Hospital —conocido por la tropa como «China Dragon»—, el principal hospital militar estadounidense de Bagdad. Los soldados heridos, evacuados de operaciones en toda la capital y las provincias vecinas, llegan aquí a los pocos minutos de ser alcanzados, muchas veces todavía con el equipo que llevaban cuando estalló el IED o comenzó el tiroteo. El vuelo de evacuación médica es el primer eslabón de una cadena de supervivencia que va del polvo de la calle a las mesas de operaciones situadas a unos metros del helipuerto y, la mayoría de los días, las palas del rotor apenas se detienen entre un aterrizaje y el siguiente.
La guerra dejó también una transformación visible en la estructura operativa del propio Cuerpo de Marines. Las experiencias acumuladas en Faluya y Ramadi influyeron en los manuales doctrinales revisados en los años siguientes. El Manual de Contrainsurgencia publicado en 2006, elaborado bajo la supervisión del general David Petraeus y el teniente general James Mattis, incorporó muchas de las lecciones aprendidas en Irak. El énfasis en la protección de la población civil, en la inteligencia humana recabada a través de líderes locales y en la necesidad de una presencia permanente en los barrios conflictivos reflejaba las realidades de Al Anbar.
En términos logísticos y tecnológicos, la experiencia en Ramadi aceleró la inversión en protección de vehículos y sistemas de detección de explosivos. Los equipos de ingenieros desarrollaron inhibidores de frecuencia para bloquear los detonadores remotos, mientras las unidades de inteligencia analizaban los patrones de colocación de las bombas. Recopilar datos sobre rutas objetivo, horarios habituales y técnicas insurgentes se convirtió en parte esencial del trabajo diario.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - NOVIEMBRE DE 2006: Personal sanitario y camilleros trasladan a la carrera a un soldado herido desde el helipuerto hasta la unidad de trauma del 28th Combat Support Hospital —«China Dragon»— de Bagdad, apenas unos segundos después de que aterrizara el helicóptero de evacuación médica. El barrido de la imagen recoge la urgencia de estos traslados: cada metro entre el viento del rotor y las puertas de urgencias cuenta, y el equipo debe moverse deprisa por pasillos estrechos llenos de material, goteros y otros heridos que ya están siendo evaluados. Para el soldado que va en la camilla, esa carrera corta es el momento en que la guerra deja de ser una calle, un vehículo o una patrulla y se convierte en un techo, un puñado de voces y unas manos trabajando contra el reloj.
A nivel humano, el desgaste acumulado tras múltiples rotaciones dejó una huella profunda en miles de militares. El ritmo de despliegues repetidos, con intervalos relativamente cortos en casa, se convirtió en tema de debate dentro del propio Departamento de Defensa. Las familias militares fueron una parte visible del debate público, especialmente a medida que aumentaban las cifras de bajas en 2005 y 2006.
El sistema político estadounidense absorbió la guerra como un asunto estructural. Las comparecencias ante el Congreso examinaron no solo las decisiones previas a la invasión, sino también la gestión de los contratos de reconstrucción, la supervisión de empresas de seguridad privadas y la coordinación entre agencias civiles y militares. Los debates sobre la transparencia presupuestaria se intensificaron a medida que el coste acumulado superaba las estimaciones iniciales.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - NOVIEMBRE DE 2006: Médicos y enfermeros militares atienden a un soldado herido dentro de la sala de trauma del 28th Combat Support Hospital —«China Dragon»— de Bagdad, minutos después de su llegada en helicóptero de evacuación médica. Alrededor de la mesa, el equipo se mueve con la coreografía de una unidad que ha repetido esta secuencia infinidad de veces: cortar el uniforme, contener la hemorragia, asegurar la vía aérea, cantar las constantes por encima del ruido de los monitores. «China Dragon» se ha convertido en uno de los hospitales de campaña con más actividad de la guerra, y en salas como ésta el resultado de un IED, una emboscada o un mortero se decide en cuestión de minutos, en manos de desconocidos que en la mayoría de los casos no volverán a ver al soldado una vez estabilizado y evacuado de Irak.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - NOVIEMBRE DE 2006: Nadie sabe realmente cuánta gente ha muerto en la guerra de Irak de 2003. Seigtz, un soldado del 28th Combat Support Hospital (CSH) de Bagdad, es el encargado de trasladar los cuerpos desde el hospital hasta el Checkpoint 1 de la Zona Internacional, donde empiezan su viaje de vuelta a casa o entran en el recuento anónimo de los muertos iraquíes. Esta imagen se tomó al final de su primer trayecto. «Fue la experiencia más dura de mi vida», dijo después, sentado solo en la parte trasera de la ambulancia. «El olor a muerte era terrible.» En una guerra cuyo coste humano sigue siendo imposible de medir, su trabajo es una de sus tareas más invisibles: un trayecto corto, repetido una y otra vez, entre los quirófanos donde se salva a los heridos y el control por el que salen de la ciudad, en silencio, los que no pudieron ser salvados.
La opinión pública experimentó cambios perceptibles. Las encuestas realizadas entre 2003 y 2008 mostraron un giro desde un apoyo mayoritario inicial hacia una división más marcada y, finalmente, hacia una mayoría favorable a la retirada. Las imágenes emitidas desde Faluya y Ramadi —convoyes dañados, humo elevándose sobre barrios urbanos, funerales militares en pequeñas localidades estadounidenses— quedaron grabadas en la memoria colectiva de una generación.
En Irak, el impacto fue aún más profundo. La destrucción en Faluya tras las ofensivas de 2004 alteró el tejido urbano durante años. En Ramadi, la secuencia de combates, ataques con mortero y explosiones en carreteras dejó una infraestructura debilitada y una economía local dañada. Aunque la reducción de la violencia tras el Despertar de Anbar permitió cierto grado de normalización entre 2008 y 2011, las tensiones políticas internas del país persistieron.

Bagdad, Irak
BAGDAD, IRAK - NOVIEMBRE DE 2006: Una bandera de Estados Unidos cubierta de mensajes de apoyo escritos a mano cuelga en una de las paredes interiores del 28th Combat Support Hospital —conocido por la tropa como «China Dragon»—, el principal hospital militar estadounidense de Bagdad. Las notas, firmadas por familias, escolares, veteranos y unidades enteras del país, van dirigidas a los médicos, enfermeros, sanitarios y camilleros que trabajan sin descanso para salvar la vida de los heridos que llegan en evacuación médica. En un edificio definido por las salas de trauma, el ruido de los rotores y la presión constante de las llegadas masivas, la bandera se ha convertido en un pequeño objeto ritual: un muro de voces del otro lado del mundo que recuerda al personal de «China Dragon» que su trabajo, hecho a menudo en silencio y lejos de las cámaras, es seguido, agradecido y recordado.
Cuando el Estado Islámico avanzó en 2014, muchas de las dinámicas locales reaparecieron en un contexto distinto. Las campañas de recuperación lanzadas por las fuerzas iraquíes, con apoyo aéreo internacional, volvieron a situar a ambas ciudades en el centro de intensas operaciones militares. La repetición del combate en escenarios ya devastados subrayó la persistencia de factores no resueltos del periodo anterior. A nivel estratégico global, la guerra de Irak moldeó la percepción internacional de la intervención militar estadounidense, convirtiéndose en un punto de referencia para debates posteriores sobre Siria, Libia y Afganistán.
Para el Cuerpo de Marines, Faluya y Ramadi quedaron asociadas a un periodo de redefinición operativa. Las tácticas de contrainsurgencia, el uso intensivo de inteligencia humana y la coordinación con actores locales pasaron a ocupar un lugar central en la formación de nuevas generaciones de oficiales y suboficiales. La dimensión política del conflicto dejó una huella duradera en el sistema democrático estadounidense, y siguió siendo objeto de análisis académico y periodístico mucho después de la retirada.

Cementerio Nacional de Arlington, Washington D. C., Estados Unidos
WASHINGTON D. C., ESTADOS UNIDOS - NOVIEMBRE DE 2006: Gilda Carbonaro permanece sentada junto a la tumba de su hijo en el Cementerio Nacional de Arlington. Murió en la batalla de Faluya, en un ataque con un artefacto explosivo improvisado (IED). Como ella, muchas familias estadounidenses cuyos hijos e hijas han sido enviados a combatir en la guerra de Irak de 2003 se oponen abiertamente a la guerra y a las condiciones en que sus hijos combaten y viven: despliegues largos, misiones repetidas, equipo frágil y ciudades donde cualquier calle puede esconder el mismo tipo de artefacto que mató a su hijo. Para estas familias, Arlington no es sólo un lugar de duelo, sino también de protesta silenciosa: una hilera de lápidas blancas idénticas que, nombre a nombre, hace visible el coste humano del conflicto y los soldados a los que quieren ver volver a casa.
Las rotaciones continuaron a lo largo de todo el proceso de transición. Las unidades regresaban a Estados Unidos solo para volver a desplegarse tras periodos de descanso relativamente cortos. El número de militares que regresaban con lesiones traumáticas, amputaciones o trastornos psicológicos generó nuevas iniciativas legislativas para mejorar la atención médica.
Cuando las tropas abandonaron el país en 2011, la experiencia de Faluya y Ramadi ya formaba parte de la memoria institucional del Cuerpo de Marines y del debate político estadounidense. La reaparición de los combates en esas mismas ciudades años después fue un recordatorio de que el conflicto había dejado profundas huellas tanto en Irak como en Estados Unidos.

Washington D. C., Estados Unidos
WASHINGTON D. C., ESTADOS UNIDOS - NOVIEMBRE DE 2006: Un campo de pequeñas banderas estadounidenses clavadas en la hierba forma parte de un homenaje público a los soldados de Estados Unidos muertos en la guerra de Irak de 2003 y en Afganistán. Cada bandera representa un nombre, una familia, una casa vacía por las guerras que han definido la primera década del siglo para Estados Unidos. Instalaciones como ésta —montadas por grupos de veteranos, familias y organizaciones contra la guerra— se han vuelto habituales en Washington: una manera de traducir las cifras abstractas de los partes de bajas en algo que el ojo puede abarcar de una sola mirada, una geometría silenciosa y repetida de la pérdida que pone el coste humano del conflicto delante de las instituciones que decidieron enviar a esos soldados a combatir.
La experiencia de Faluya y Ramadi no puede separarse del contexto más amplio en el que se desarrolló. Fue una guerra librada simultáneamente en los barrios densamente poblados del oeste de Irak y en el espacio político de Washington. Cada patrulla que salía de un Combat Outpost en Ramadi convivía con un debate presupuestario en el Capitolio; cada ofensiva urbana en Faluya coincidía con comparecencias ante comités legislativos. Esa simultaneidad definió el carácter del conflicto durante casi una década.
Cuando los últimos vehículos cruzaron la frontera hacia Kuwait en diciembre de 2011, el cierre operativo no marcó un cierre histórico. Las consecuencias siguieron manifestándose en la política estadounidense, en la doctrina militar y en la estabilidad de Irak. Las ciudades de Faluya y Ramadi permanecieron como puntos de referencia permanentes de un periodo en el que la guerra se convirtió en un fenómeno total: militar sobre el terreno, político en la capital y social en la vida cotidiana de millones de personas a ambos lados del océano.

Washington D. C., Estados Unidos
WASHINGTON D. C., ESTADOS UNIDOS - NOVIEMBRE DE 2006: Un muro conmemorativo muestra los retratos y los nombres de soldados estadounidenses muertos en Irak y Afganistán, instalado en un espacio público de Washington como parte de un homenaje a los caídos. Las fotografías de jóvenes de uniforme —la mayoría, poco más de veinte años— se colocan una junto a otra, cada rostro acompañado de un nombre, un rango y una fecha. Muros como éste los levantan y mantienen veteranos, familias militares y organizaciones cívicas que se niegan a que los muertos se conviertan en estadística y que usan las calles de la capital para enfrentar a los transeúntes con el rostro humano de dos guerras que, para muchos estadounidenses, siguen resultando lejanas. Frente a los retratos, los visitantes se detienen, leen y a veces reconocen a un hijo, a un hermano o a un amigo entre las filas de caras que les devuelven la mirada.
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Iraq forma parte del trabajo de largo recorrido de Álvaro Ybarra Zavala, dentro de Editorial. Puedes consultar el registro completo de publicaciones, exposiciones y premios en el archivo de actualidad.
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