Proyecto Personal
El legado en el que nos convertiremos
Un tributo a una era que se marcha
España no abandonó el carbón lentamente. Lo hizo de forma abrupta, casi sin ceremonia. En un país donde las centrales térmicas habían permanecido durante décadas como hitos inamovibles —visibles desde kilómetros de distancia, ancladas en valles y pueblos—, el cierre no llegó como un horizonte lejano, sino como un hecho inmediato dentro de lo que hoy se conoce como el fin del carbón en España. A partir de 2020, las chimeneas se apagaron, las turbinas dejaron de girar y instalaciones enteras quedaron selladas en el silencio. Lo que siguió no fue simplemente el final de una fuente de energía, sino el colapso de una era industrial que había moldeado territorios, economías e identidades dentro de la más amplia transición energética española.

As Pontes, Galicia (España), 25 de noviembre de 2021.
La chimenea de la central térmica de As Pontes exhala humo por una de las últimas veces, meses antes del apagado definitivo de un horno que ardió sin pausa durante más de cuatro décadas.
Durante buena parte del siglo XX, el carbón fue algo más que un combustible en España. Fue estructura. Organizó el trabajo, justificó infraestructuras y sostuvo poblaciones en regiones por lo demás desconectadas de los principales centros económicos del país. Las cuencas mineras y las centrales térmicas de carbón formaron una densa red industrial, particularmente en el norte y el interior de la península. Los pueblos crecieron alrededor de pozos, cintas transportadoras, torres de refrigeración. Las vidas se medían en turnos, temporadas y ciclos de producción. El carbón ofrecía estabilidad a cambio de sacrificio, riesgo y una degradación ambiental que a menudo se aceptaba como inevitable. Se convirtió en parte de una memoria colectiva profundamente arraigada en cada territorio.

Central Térmica Litoral, Almería (España) – 10 de octubre de 2023.
En el vientre de una de las turbinas, un equipo trabaja en el desmantelamiento de la central térmica Litoral. Lo que un día produjo electricidad para media Andalucía se desmonta ahora pieza a pieza.
Este sistema perduró a través de transiciones políticas y ciclos económicos. Bajo el régimen de Franco, el carbón y las centrales térmicas fueron esenciales para una estrategia energética autárquica. Más tarde, durante la integración de España en el mercado europeo, siguieron funcionando como generación de base fiable. Pero a comienzos del siglo XXI, el modelo se había vuelto cada vez más insostenible. Infraestructuras envejecidas, costes ambientales crecientes y el endurecimiento de la normativa climática europea situaron al carbón en el centro de una contradicción creciente entre legado industrial y urgencia climática.

Central Térmica Litoral, Almería (España) – 10 de octubre de 2023.
Aislada dentro de un recinto de seguridad, una cuadrilla trabaja en el desmantelamiento de la central térmica Litoral. El plástico blanco aísla el polvo, el ruido y a los hombres que deshacen una industria desde dentro.

As Pontes, Galicia (España) – 9 de octubre de 2025.
La maquinaria pesada avanza por el interior de la central térmica de As Pontes y se abre paso entre estructuras que parecían construidas para durar siempre.
La ruptura decisiva llegó a finales de la década de 2010. Las directivas de la Unión Europea sobre emisiones, junto con el aumento del coste de los derechos de carbono y la carga financiera de adaptar las viejas plantas a los nuevos controles de contaminación, empujaron a los operadores a cerrar instalaciones en lugar de modernizarlas. En un breve periodo, España cerró casi todas sus centrales de carbón. La velocidad del proceso sorprendió incluso a quienes habían anticipado el final del carbón. Regiones enteras despertaron ante un futuro que había llegado antes de que estuvieran preparadas, acelerando la transición energética española dentro de la más amplia transición hacia las renovables en Europa.

As Pontes, Galicia (España) – 9 de octubre de 2025.
Un equipo retira y clasifica los escombros generados por el desmantelamiento de As Pontes. Casi todo lo que cae aquí será pesado, clasificado y devuelto al ciclo industrial como chatarra.
Los cierres se presentaron, con razón, como un hito climático. España redujo drásticamente su generación eléctrica basada en carbón, acelerando su alineación con los objetivos europeos de descarbonización. Pero detrás de las estadísticas nacionales había una realidad más fragmentada. Para las comunidades construidas en torno a las centrales térmicas, el cierre no fue una victoria ambiental abstracta. Fue la pérdida de un eje social y económico que había estructurado la vida cotidiana durante generaciones. Una ruptura en la memoria, en el territorio y en la experiencia vivida de la transición.

Central Térmica de Compostilla, Castilla y León (España) – 2 de julio de 2024.
Un grupo de trabajadores sube en el ascensor hasta sus puestos dentro de la central térmica de Compostilla. El mismo trayecto que hicieron durante años para producir electricidad les lleva ahora a desmantelarla.

Central Térmica de Andorra, Teruel (España) – 17 de marzo de 2023.
Dentro de un recinto de seguridad de la central térmica de Andorra, una cuadrilla trabaja rodeada de polvo en suspensión y luz artificial.
En lugares como Asturias, León, Teruel o partes de Andalucía, las centrales de carbón habían sido empleadores, símbolos y garantías. Su presencia justificaba carreteras, escuelas y servicios públicos. Su ausencia creó un vacío que no podía llenarse de la noche a la mañana. Aunque los planes de transición prometían programas de reciclaje profesional y nueva inversión, la experiencia vivida por muchas comunidades fue de incertidumbre, desplazamiento y una ruptura abrupta con el pasado. El legado del carbón sigue arraigado en estos territorios.

As Pontes, Galicia (España) – 9 de octubre de 2025.
Un trabajador corta acero con un soplete durante el desmantelamiento de la central térmica de As Pontes. La llama, en la penumbra de la central, es el último fuego que arderá en su interior.
Al mismo tiempo, España avanzaba con rapidez en la dirección opuesta. Mientras el carbón desaparecía, la energía renovable se expandía a una velocidad sin precedentes. Los aerogeneradores se extendieron por mesetas y crestas montañosas. Los campos fotovoltaicos se multiplicaron por regiones del sur y el centro, transformando paisajes agrícolas y semiáridos en nuevos territorios energéticos. En poco más de una década, las renovables pasaron de los márgenes al núcleo del sistema eléctrico español, reforzando su papel dentro de la transición hacia las renovables en Europa.

Central Térmica de Compostilla, Castilla y León (España) – 2 de julio de 2024.
Un trabajador corta los anclajes de una de las calderas de la central térmica de Compostilla. Liberarlos es la operación que decide si la estructura caerá como calcularon los ingenieros.

Central Térmica de Compostilla, Castilla y León (España) – 1 de julio de 2024.
Un trabajador limpia el interior de uno de los recintos de seguridad de Compostilla, donde el polvo de carbón sigue posándose sobre todas las superficies.
Esta transformación no fue accidental. La geografía de España —sol abundante, corredores de viento favorables— se combinó con la caída de los costes tecnológicos y los marcos de política europea para crear condiciones ideales para la expansión renovable. A comienzos de la década de 2020, la energía eólica y solar representaba una parte sustancial de la generación eléctrica nacional. En los últimos años, las fuentes renovables han producido de manera constante más de la mitad de la electricidad del país, situando a España entre los líderes europeos en producción de energía limpia y consolidando su posición en la transición energética española.

Central Térmica de Andorra, Teruel (España) – 16 de febrero de 2023.
La chimenea de la central térmica de Andorra empieza a caer. Trescientos cuarenta y tres metros, la estructura más alta de España, desaparecen en cuestión de segundos.
Desde una perspectiva macro, la transición parece un éxito. Las emisiones de carbono derivadas de la generación eléctrica cayeron con fuerza. La dependencia energética de combustibles fósiles importados disminuyó. España se posicionó como un actor clave en la transición verde de Europa. Pero El legado en el que nos convertiremos aborda este proceso no desde balances o documentos de política, sino desde el terreno, desde los territorios donde esta transformación queda inscrita física y socialmente.

Central Térmica de Andorra, Teruel (España) – 16 de febrero de 2023.
El derrumbe de la chimenea de Andorra, fotografiado desde la llanura que dominó durante cincuenta años. Cientos de vecinos salieron a verla caer.
El proyecto documenta la coexistencia de finales y comienzos. Las centrales de carbón clausuradas, despojadas de función pero aún monumentales, se erigen como reliquias de un legado industrial que se resiste a desaparecer en silencio. Sus vastos interiores —salas de control, naves de turbinas, sistemas de refrigeración— permanecen intactos, congelados en el tiempo, dando testimonio de una historia laboral aún lo bastante reciente como para ser personal. Estos espacios no son ruinas en el sentido romántico; son estructuras sin resolver donde persiste la memoria.

Puerto de Castellón, Comunidad Valenciana (España) – 7 de noviembre de 2021.
Un trabajador supervisa la maniobra de atraque de un buque cargado con componentes para un parque eólico en construcción.

Aldeavieja, Ávila (España) – 22 de mayo de 2025.
Un convoy de camiones de transporte especial traslada una pala y otros componentes de aerogenerador por las carreteras de la Sierra de Ojos de Albos.
Cerca de allí, a menudo en las mismas regiones, se levantan nuevas infraestructuras energéticas. Los parques eólicos dominan horizontes antes definidos por chimeneas. Los parques solares se extienden sobre tierras que antes tenían escaso valor estratégico. Líneas de alta tensión conectan sitios de producción remotos con centros de consumo distantes. El paisaje se convierte en un palimpsesto, superpuesto de infraestructuras que reflejan distintas eras energéticas coexistiendo con incomodidad en el presente. El territorio se convierte en la expresión física de esta transición.

Aldeavieja, Ávila (España) – 16 de octubre de 2024.
Un trabajador guía con una cuerda uno de los rotores durante el montaje. Toneladas de acero suspendidas en el aire, corregidas por la tensión de una sola mano.
Esta superposición espacial revela la verdadera complejidad de la transición. La energía renovable no se limita a sustituir a los combustibles fósiles; está reorganizando el territorio. Los patrones de uso del suelo cambian. Los horizontes visuales se redibujan. Surgen nuevas formas de extracción —esta vez de viento y sol— que traen consigo sus propios conflictos y negociaciones. En algunas comunidades, las renovables se reciben como oportunidades de desarrollo y diversificación. En otras, se perciben como soluciones impuestas, decididas en otro lugar, que benefician más a agentes externos que a la población local.

Parque Eólico de Muniesa, Teruel (España) – 9 de enero de 2024.
Unos trabajadores operan dentro del rotor de uno de los aerogeneradores del parque eólico de Muniesa, en el interior de una máquina que después girará durante décadas.
El concepto de una "transición justa" se introdujo precisamente para abordar estas tensiones. Las autoridades españolas, en línea con los marcos europeos, negociaron acuerdos orientados a mitigar el impacto social en las regiones dependientes del carbón. Estos planes incluían diversificación económica, apoyo a nuevas industrias, restauración ambiental y programas de reciclaje profesional para los trabajadores desplazados. Sobre el papel, representaban un reconocimiento de que la descarbonización no es solo un reto técnico, sino también social, dentro de la transición hacia las renovables en Europa.

Parque Eólico de Muniesa, Teruel (España) – 10 de enero de 2024.
Un trabajador guía una pala durante el montaje en el parque eólico de Muniesa. El gesto es casi doméstico; el objeto pesa más de veinte toneladas.
En la práctica, los resultados son desiguales. Algunos territorios han logrado atraer inversión y reinventar parte de su base económica. Otros permanecen suspendidos entre promesas y realidades. El reciclaje profesional no siempre conduce a un empleo estable. Los nuevos proyectos a menudo no logran absorber la mano de obra que dejó atrás el carbón. Las generaciones más jóvenes siguen emigrando, acelerando el declive demográfico en regiones ya frágiles. La transición expone límites estructurales.

Aldeavieja, Ávila (España) – 22 de mayo de 2025.
Los aerogeneradores del parque eólico de Aldeavieja se levantan sobre la Sierra de Ojos de Albos y dibujan un perfil nuevo sobre un paisaje antiguo.
El legado en el que nos convertiremos no ofrece un veredicto sobre el éxito o el fracaso de estas políticas. En cambio, registra su huella sobre el terreno. Sigue a trabajadores que cierran las últimas puertas de centrales donde pasaron su vida. Observa pueblos que recalibran su identidad tras la pérdida de su núcleo industrial. Documenta paisajes donde los símbolos de un crecimiento intensivo en carbono conviven con la infraestructura de un futuro descarbonizado, donde legado, memoria y territorio se entrecruzan.

Andorra, Teruel (España) – 2 de marzo de 2023.
Unos trabajadores instalan paneles fotovoltaicos sobre el mismo terreno donde se levantaba la central térmica de Andorra.

Andorra, Teruel (España) – 28 de enero de 2025.
El montaje del parque fotovoltaico avanza panel a panel. Cada módulo se coloca, se alinea y se conecta al sistema eléctrico a mano.
La experiencia española se desarrolla dentro de un contexto europeo más amplio. Mientras el país se alejaba con rapidez del carbón, otros siguen siendo más dependientes de él. Alemania, pese a su liderazgo en renovables, ha enfrentado prolongados debates sobre el fin del carbón. Polonia sigue dependiendo en gran medida del carbón como recurso doméstico. La rápida salida de España la posiciona a la vez como modelo y como excepción dentro del fin del carbón en España y de la más amplia transición hacia las renovables en Europa.

Andorra, Teruel (España) – 18 de abril de 2023.
Un trabajador se mueve entre las filas de paneles de la nueva infraestructura solar de Andorra, bajo el mismo cielo que durante décadas cruzó el humo de la central térmica.
Este doble estatus conlleva implicaciones. Por un lado, España demuestra que una descarbonización acelerada es posible dentro de una economía grande e industrializada. Por otro, revela los costes sociales de avanzar más rápido que los sistemas diseñados para absorber el cambio. El caso español subraya una tensión central del Pacto Verde Europeo: la brecha entre la ambición climática y la resiliencia territorial.

Carmona, Sevilla (España) – 14 de junio de 2023.
Juan Antonio, agricultor y empresario, recoge la primera cosecha de lino cultivada bajo los paneles de la planta solar Las Corchas, en Carmona.
La energía renovable, a menudo presentada como un bien inequívoco, se vuelve más ambigua cuando se observa de cerca. Los grandes proyectos solares y eólicos requieren suelo, capital e infraestructura de red. Alteran ecosistemas y paisajes. Plantean preguntas sobre propiedad, gobernanza y distribución de beneficios. En regiones ya marcadas por la despoblación y la vulnerabilidad económica, la llegada de las renovables puede reproducir dinámicas extractivas bajo otro nombre.

Totana, Murcia (España) – 6 de junio de 2023.
Entre las filas de paneles, un trabajador comprueba el crecimiento de los cultivos plantados en las franjas de tierra que las separan.
Esto no niega su necesidad. La urgencia climática deja poco margen para la demora. Pero exige una comprensión más matizada de lo que implica la descarbonización cuando se traduce en la realidad vivida. El legado en el que nos convertiremos insiste en ese matiz. Rechaza tanto la nostalgia por el carbón como la celebración acrítica de las renovables. Sitúa la transición como un proceso de pérdida y reconfiguración.

Paradela, Galicia (España) – 10 de febrero de 2022.
Unos ganaderos permanecen con su ganado en los prados de Paradela mientras los aerogeneradores giran a sus espaldas.
Visualmente, el proyecto se alinea con esta perspectiva. Las imágenes no estetizan la decadencia ni glorifican la nueva infraestructura. Observan. Permiten que los espacios hablen a través de su escala, su vacío, su transformación. La presencia humana no aparece como anécdota, sino como medida: cuerpos que se mueven por estructuras que sobreviven a las vidas individuales, gestos que conectan memoria y futuro.

Paradela, Galicia (España) – 10 de febrero de 2022.
Los aerogeneradores se levantan sobre el prado donde los vecinos mantienen sus casas y sus fincas. Dos economías compartiendo el mismo horizonte.
La forma de ensayo permite que el proyecto se extienda más allá de la documentación hacia la reflexión. ¿Qué significa desmantelar una industria que definió una identidad colectiva? ¿Cómo procesan las sociedades el final de un modelo que en su día representó progreso? ¿Qué tipo de futuros se imaginan —y se imponen— en nombre de la sostenibilidad? Estas preguntas resuenan más allá de España, a través de la transición energética española y de la más amplia transición hacia las renovables en Europa.
En su núcleo, El legado en el que nos convertiremos se ocupa del tiempo. El carbón representa el tiempo profundo: procesos geológicos comprimidos en uso industrial. Las renovables representan el tiempo cíclico: viento, sol, flujos que se renuevan a sí mismos. La transición entre estos sistemas es también una transición entre imaginarios temporales. Uno es finito y extractivo; el otro promete continuidad pero exige gestión y adaptación constantes.
El título del proyecto refleja esta tensión temporal. El legado suele entenderse como algo que queda atrás, un residuo del pasado. Aquí se plantea como algo construido activamente en el presente. Los sistemas energéticos que las sociedades elijan hoy determinarán no solo resultados ambientales, sino estructuras sociales, organización territorial y memoria cultural. El legado no es lo que fue el carbón, ni simplemente lo que serán las renovables, sino cómo se vive y se recuerda la propia transición.
España se encuentra en un umbral. Su era del carbón ha terminado. Su futuro renovable está en marcha pero aún no asentado. Entre estos dos estados se extiende un paisaje de narrativas inacabadas, donde infraestructuras desmanteladas conviven con otras emergentes, y donde las comunidades negocian su lugar en un orden energético que cambia con rapidez. El legado en el que nos convertiremos capta este momento intermedio.
A medida que Europa avanza hacia la neutralidad climática, el caso español ofrece un espejo. Refleja tanto la promesa de la transformación como el coste de la velocidad. Nos recuerda que la descarbonización no es un evento único, sino un prolongado proceso de reestructuración que va mucho más allá de la producción de energía. Rediseña cómo las sociedades habitan el territorio, valoran el trabajo e imaginan el progreso.
Este proyecto no pretende resolver estas tensiones. Su ambición es dar testimonio. Documentar una transformación mientras se despliega. Sostener un espacio para la complejidad. Y preguntar qué tipo de legado se está formando en el paso de una era energética a otra.
Porque, al final, la transición no trata solo de reducir emisiones o cumplir plazos. Trata del tipo de sociedades en que Europa elige convertirse. Y esa elección —visible en paisajes, infraestructuras y vidas— ya se está escribiendo.
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The Legacy We Will Become forma parte del trabajo de largo recorrido de Álvaro Ybarra Zavala, dentro de Proyectos personales. Puedes consultar el registro completo de publicaciones, exposiciones y premios en el archivo de actualidad.
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