Editorial

    Cuba, Love Revolution

    Derechos LGBT en Cuba — Amor, revolución y una historia de cambio

    Desliza

    La Plaza de la Revolución en La Habana vista a través de la ventanilla de un coche clásico, con el mural del Che Guevara.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: La Plaza de la Revolución vista desde un coche en marcha. La homofobia de Estado marcó las cuatro primeras décadas de la Revolución cubana: los campos de trabajo de la UMAP, la persecución y las medidas discriminatorias condicionaron la vida de miles de cubanos. Décadas después, el debate sobre los derechos LGTB en Cuba se trasladó al interior de las propias instituciones de la Revolución.

    En 2013, María Caridad Jorge escribió en su autobiografía algo que habría resultado casi impensable durante buena parte de la historia de la Revolución cubana: era lesbiana, era religiosa y quería convertirse en militante del Partido Comunista de Cuba.

    Para María Caridad, estas tres identidades no encerraban ninguna contradicción. Siempre se había considerado revolucionaria. Venía de una familia comprometida con la Revolución; su madre había participado en actividades clandestinas contra la dictadura de Fulgencio Batista y había estado junto al Che Guevara durante la lucha revolucionaria. Pero durante buena parte de su vida, María Caridad supo que dos partes fundamentales de su identidad la dejaban fuera de la institución política a la que quería pertenecer. Era homosexual y era religiosa, y no estaba dispuesta a renunciar a ninguna de las dos cosas.

    El 23 de agosto de 2013, a los cincuenta y un años, recibió por fin su carné del Partido Comunista.

    Cuando la conocí en Santa Clara, María Caridad llevaba sobre su cuerpo una síntesis de los distintos mundos que la definían. Tatuados en su piel, los rostros del Che Guevara y de Jesucristo se fundían en uno solo. Alrededor del cuello portaba los símbolos de Oggún, el orisha guerrero de la religión yoruba cuya presencia sobrevivió a la esclavitud y arraigó profundamente en la cultura afrocubana. Revolución, cristianismo, homosexualidad y espiritualidad afrocubana convivían en la misma persona. Identidades que la Cuba oficial había tenido dificultades en conciliar dejaban de ser necesariamente incompatibles.

    Su historia abría una puerta hacia una de las transformaciones más complejas producidas en el seno de la sociedad cubana desde 1959. En poco más de medio siglo, la homosexualidad había pasado de tratarse como una desviación ideológica y social a formar parte de un discurso institucional sobre la igualdad. No fue una transformación lineal, ni borró la violencia que la precedió. Surgió, en cambio, de décadas de represión, resistencia, cambio cultural, activismo y reforma gradual dentro de un sistema político que seguía definiéndose a través de la Revolución.

    Deinna y Gendris, una pareja trans y gay, en su casa en Centro Habana, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Deinna (izquierda) y Gendris son una pareja de Manzanillo, en la provincia de Granma. Ella es trans y él es gay. Ambos llegaron a La Habana buscando oportunidades y viven en una única habitación de veinte metros cuadrados en Centro Habana que comparten con otras seis personas trans. En Manzanillo, Gendris estaba en paro y Deinna trabajaba en el museo municipal.

    La contradicción se remonta a los orígenes de la Cuba revolucionaria. Cuando las guerrillas de Fidel Castro entraron en La Habana en enero de 1959, heredaron un país marcado por una profunda desigualdad, divisiones raciales, pobreza y el legado autoritario de Batista. El nuevo Gobierno transformó la sociedad cubana con extraordinaria rapidez. Nacionalizó industrias, redistribuyó la tierra, amplió el acceso a la educación y la sanidad y se alineó políticamente con la Unión Soviética. Al mismo tiempo, construyó un Estado cada vez más centralizado en el que la lealtad política y la moral revolucionaria se convirtieron en medidas fundamentales de pertenencia.

    Dentro de esa visión del hombre nuevo, el nuevo hombre socialista imaginado por la ideología revolucionaria, la homosexualidad solía considerarse incompatible con la masculinidad, la disciplina y el sacrificio que se esperaban del ciudadano revolucionario. Este prejuicio no era exclusivamente cubano. La homofobia estaba profundamente arraigada en buena parte de la sociedad latinoamericana, y la homosexualidad se criminalizaba o patologizaba en numerosos países del mundo. Pero en Cuba esos prejuicios adquirieron el poder del Estado revolucionario.

    Durante la década de 1960, hombres homosexuales figuraron entre quienes fueron enviados a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, conocidas por sus siglas UMAP. Estos campos de trabajo funcionaron entre 1965 y 1968 y confinaron a personas consideradas no aptas para el servicio militar convencional o ideológicamente problemáticas, entre ellas creyentes religiosos, objetores de conciencia y hombres homosexuales. Los campos se convirtieron en uno de los símbolos más perdurables de la persecución sufrida por los cubanos homosexuales durante las primeras décadas de la Revolución.

    La represión no se limitó a esos campos. La homosexualidad podía afectar al acceso al empleo, a la educación, a las instituciones culturales y a la militancia en el Partido Comunista. Durante la década siguiente, la política cultural y la ortodoxia política marginaron aún más a artistas e intelectuales considerados ideológica o moralmente inadecuados. Para muchos cubanos y cubanas homosexuales, ocultar su identidad sexual no era simplemente una respuesta al prejuicio social, sino una estrategia de supervivencia profesional y, en ocasiones, personal.

    Dos hombres gais descansando en la playa de Mi Cayito, al este de La Habana, un espacio de tolerancia LGBT en Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: William (izquierda) y Luis descansan en la playa de Mi Cayito, al este de La Habana. Desde los años noventa, la playa se ha convertido en uno de los espacios de tolerancia LGTB más conocidos de la isla y también en un foco de turismo sexual.

    Mujeres trans conversando en la Casa Iberoamericana de Las Tunas, Cuba.

    Las Tunas, Cuba, mayo de 2015.

    LAS TUNAS, CUBA - MAYO DE 2015: Yeisy (izquierda) y Yaimara conversan en la casa iberoamericana de la ciudad de Las Tunas, uno de los pocos lugares donde pueden reunirse sin ser hostigadas por la policía. Hasta 1998, la homosexualidad todavía podía ser castigada y perseguida por el Estado.

    Esa historia convierte el carné del Partido Comunista de María Caridad en algo mucho más que un documento administrativo. Representa la distancia recorrida por un Estado que en su momento había tratado a personas como ella como incompatibles con su proyecto revolucionario.

    La transformación no ocurrió de forma repentina. Las actitudes comenzaron a cambiar de manera gradual, influidas por la resistencia cultural dentro de Cuba, los debates internacionales sobre la sexualidad, la evolución del conocimiento médico y el trabajo de cubanos que se negaron a desaparecer de la vida pública. En 1979 se despenalizaron las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo. Reformas posteriores eliminaron otras disposiciones que habían permitido la persecución por orientación sexual. A comienzos del siglo XXI, el Estado cubano avanzaba hacia una posición radicalmente distinta de la que había defendido durante las primeras décadas de la Revolución.

    Uno de los lugares donde mejor se puede entender esa transformación es Santa Clara. En el centro geográfico de Cuba, la ciudad ocupa un lugar especial en la mitología revolucionaria. Las fuerzas del Che Guevara tomaron Santa Clara en diciembre de 1958, en una de las batallas decisivas contra Batista, y allí acabarían depositándose sus restos en un monumental mausoleo. Pero en la ciudad se desarrolló también otra historia de la Revolución, mucho menos oficial.

    A mediados de los años ochenta, Ramón Silverio comenzó a organizar un espacio cultural que llegaría a conocerse como El Mejunje. El nombre venía de una mezcla de pasta y hierbas que preparaba y repartía al final de encuentros marginales. Lo que empezó como un experimento cultural improvisado se convirtió en refugio para músicos de rock, artistas, homosexuales, personas trans y otros que no encajaban fácilmente en la sociedad cubana convencional.

    El Mejunje sobrevivió porque nunca fue simplemente un club gay. Se convirtió en una institución cultural en la que la propia diferencia se normalizaba. En un país donde tanto el rock como la homosexualidad habían sido vistos con recelo en distintos momentos, surgió un espacio en una de las ciudades más simbólicas de la Revolución donde esas identidades podían convivir con una identidad explícitamente cubana y, en el caso de Silverio, revolucionaria.

    Cuando lo conocí, Silverio tenía sesenta años y era militante del Partido Comunista. Había sido testigo de décadas en las que cosas que antes parecían imposibles se fueron haciendo posibles poco a poco. No describía esa transformación como un regalo del Estado. Los derechos, insistía, se habían conquistado con lucha. Nada se había entregado sin más.

    Sheila y Shanet, una pareja trans, dentro de su casa en Centro Habana, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Sheila (arriba) y Shanet (abajo) en el interior de su casa, en Centro Habana. Shanet cursaba quinto año de medicina y fue expulsada de la universidad por su identidad de género; cuando se tomó esta fotografía intentaba regresar y terminar sus estudios. Sheila es logopeda y trabaja como técnica en una clínica.

    Esa distinción resulta esencial para entender la evolución de los derechos LGBT en Cuba. La transformación se impulsó en parte desde dentro de las instituciones de la Revolución, en particular a través del Centro Nacional de Educación Sexual, CENESEX, y del papel cada vez más visible de Mariela Castro Espín, hija de Raúl Castro. Pero también creció a partir de las experiencias y la presión de gais, lesbianas y personas transgénero cubanas que habían vivido la discriminación y reclamaban un lugar dentro de la sociedad.

    Cuando fotografié Cuba en 2015, ese cambio ya era visible de formas que habrían resultado inimaginables una generación antes. El Estado cubano financiaba procedimientos de reasignación de género dentro del sistema público de salud. Reformas legales y administrativas habían ido eliminando disposiciones discriminatorias. En 2014, el nuevo Código de Trabajo prohibió la discriminación laboral por orientación sexual. El CENESEX organizaba campañas públicas contra la homofobia y la transfobia, programas de prevención del VIH y actos anuales en los que ondeaban banderas del arcoíris junto a banderas cubanas.

    En Las Tunas, en el oriente de Cuba, cientos de personas bailaron por las calles durante las Jornadas Cubanas contra la Homofobia y la Transfobia. El acto se conocía como conga, una palabra deliberadamente arraigada en la cultura cubana y no importada del vocabulario internacional del Orgullo. Mariela Castro desfiló entre la gente. Participaron representantes sindicales. Se ofrecían pruebas de VIH. Niños bailaban sobre un escenario. Consignas políticas, símbolos revolucionarios y reivindicaciones de la diversidad sexual ocupaban el mismo espacio público.

    «Socialismo sí, homofobia no. Viva la Revolución cubana», declaró Mariela Castro.

    La imagen contenía el extraordinario vuelco que está en el centro de esta historia. Un Estado nacido de la misma Revolución que en su día había perseguido a los homosexuales incorporaba ahora la diversidad sexual a su propio lenguaje político.

    La habitación de un artista transformista cubano, con pelucas colgadas en la pared, La Habana.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: La habitación de Riuber, uno de los principales artistas transformistas de Cuba. El transformismo tiene una larga tradición en la cultura cubana, con cabarés repartidos por todo el país.

    Un grupo de mujeres trans descansando en la calle tras un curso de prevención del VIH en La Habana.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Un grupo de mujeres trans descansa en la calle después de un curso de prevención del VIH y el sida. Los programas de prevención y las campañas contra la homofobia y la transfobia eran organizados por el CENESEX, el Centro Nacional de Educación Sexual.

    Pero Cuba siempre se ha resistido a los relatos sencillos. El reconocimiento institucional visible en las campañas oficiales no significaba que la homofobia hubiera desaparecido de la sociedad cubana, ni que las personas transgénero hubieran adquirido de pronto igualdad de acceso a la educación, el empleo, la vivienda o la seguridad personal. La distancia entre la ley, el discurso institucional y la vida cotidiana seguía siendo considerable, en particular fuera de La Habana.

    Deinna y Gendris conocían bien esa distancia. Tenían veinte y diecinueve años y habían viajado a La Habana desde Manzanillo, en el oriente de Cuba, huyendo de la hostilidad que vivían en su casa. Compartían con otras personas de su pueblo una pequeña vivienda en Centro Habana, un barrio que había ofrecido refugio a personas transgénero desde los difíciles años noventa.

    Para ellas, La Habana ofrecía un grado de anonimato y libertad que su ciudad natal no ofrecía. No ofrecía seguridad. Por la noche las calles podían volverse hostiles. Les habían arrojado agua caliente cuando regresaban del Parque Central. A otra mujer trans, Shanet, le habían lanzado una bolsa de basura desde un edificio. Había cursado cuatro años de la carrera de Medicina, pero creía que la discriminación por su apariencia femenina la había terminado forzando a abandonar los estudios. Había llegado a La Habana buscando el apoyo del CENESEX que le permitiera retomarlos.

    Sus experiencias exponían los límites de la transformación institucional. Un Gobierno podía cambiar leyes, financiar procedimientos médicos y organizar campañas contra la homofobia, pero cambiar el comportamiento de las familias, los vecinos, los empleadores, los profesores y los agentes de policía exigía algo más profundo y más lento.

    Deinna y Gendris viajando juntos en la parte trasera de un coche clásico americano en La Habana.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Deinna y Gendris en la parte trasera de un coche americano clásico en La Habana. La capital les ofrecía un grado de anonimato y de libertad que su ciudad natal no les daba, pero no les ofrecía seguridad: de noche, las calles todavía podían volverse hostiles.

    Para las personas transgénero cubanas, esa contradicción resultaba especialmente aguda. Angeline también venía de Manzanillo. Había logrado trabajar en un laboratorio clínico vestida como la mujer que sabía que era, y había conseguido que en los documentos de su centro de trabajo figurara Angeline en lugar del nombre masculino que le habían asignado al nacer. Quería ir más allá. Quería que sus documentos de identidad la reconocieran y esperaba someterse algún día a una cirugía de reasignación de género.

    Por la noche, sin embargo, ejercía la prostitución en La Habana Vieja. Su vida se movía entre dos realidades que existían al mismo tiempo. En una, el sistema público de salud cubano y las nuevas políticas institucionales abrían posibilidades de reconocimiento trans que seguían sin existir en muchos países. En la otra, la exclusión económica y la discriminación social empujaban a las mujeres trans hacia el sexo de supervivencia.

    No se trataba únicamente de una cuestión de sexualidad. Era inseparable de la economía cubana.

    Un grupo de jóvenes gais en el paseo del Malecón de La Habana, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Un grupo de jóvenes gais pasea por el Malecón de La Habana. A la espera de nuevos cambios legales, las personas lesbianas, gais, transgénero e intersexuales de Cuba seguían luchando por sus derechos.

    Una mujer en la terraza de su casa con vistas al Malecón en La Habana Vieja, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Una mujer en la terraza de su casa, en La Habana Vieja. Cuba vivía un momento clave de su historia: las conversaciones entre Washington y La Habana para restablecer las relaciones diplomáticas prometían un antes y un después en el futuro de la isla.

    El país que fotografié en 2015 vivía otro momento de expectación. Barack Obama y Raúl Castro habían anunciado en diciembre de 2014 el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, iniciando el deshielo más significativo entre ambos países en más de medio siglo. Se flexibilizaban las restricciones de viaje, llegaban cada vez más visitantes estadounidenses y La Habana bullía de especulaciones sobre lo que ese acercamiento podría significar.

    La ciudad misma parecía suspendida entre distintas épocas históricas. La Bienal de La Habana llenaba el Malecón y La Habana Vieja de instalaciones y actuaciones mientras, a pocas calles de distancia, los edificios se desmoronaban. Los turistas recorrían la ciudad en coches estadounidenses restaurados de los años cincuenta. Los bicitaxis compensaban las carencias del transporte público. Vendedores informales ofrecían fruta y maní. La escasez obligaba a los cubanos a una búsqueda constante de bienes básicos.

    Detrás de esa economía cotidiana se encontraba la historia mucho más amplia del aislamiento de Cuba. El embargo estadounidense había moldeado la isla durante décadas, restringiendo las relaciones comerciales y financieras y volviéndose inseparable tanto de la realidad económica cubana como del relato político de la Revolución. El Gobierno cubano atribuía buena parte de las penurias del país al bloqueo; sus críticos señalaban al mismo tiempo las ineficiencias y restricciones del sistema económico centralizado. Ambas fuerzas formaban parte de la realidad en la que vivían los cubanos de a pie.

    El colapso de la Unión Soviética ya había demostrado lo vulnerable que podía ser ese sistema. Durante el Período Especial de los años noventa, Cuba perdió el apoyo económico y el comercio preferencial de los que había dependido buena parte de su economía. El combustible, los alimentos y los bienes básicos se volvieron desesperadamente escasos. Los apagones marcaron la vida cotidiana. El transporte colapsó. Para muchos cubanos, sobrevivir exigía improvisar.

    Para los cubanos LGBT, el Período Especial fue también un momento paradójico. La catástrofe económica debilitó algunos de los mecanismos de control social, mientras el turismo y las nuevas economías informales creaban otras posibilidades y otras formas de explotación. Las actuaciones transformistas que antes existían de forma clandestina comenzaron a trasladarse poco a poco a espacios culturales más visibles.

    Adolescentes bañándose en el mar junto al muro del malecón en Centro Habana, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Un grupo de adolescentes se baña en el mar cerca de Centro Habana, en una ciudad suspendida entre la expectativa del cambio y la escasez de la vida cotidiana.

    Sissy había vivido ambos mundos. Tenía cincuenta años cuando la conocí y había sido encarcelada por primera vez a los quince tras ser detenida por llevar maquillaje en la calle. Recordaba a los agentes de policía revisando los rostros de la gente en busca de cosméticos. En prisión, los reclusos homosexuales creaban feminidad con lo que tenían a mano: grasa mecánica, ceniza de cigarrillo, desodorante y lápices de carpintero se convertían en máscara, sombra de ojos y delineador.

    Años después, durante el Período Especial, Sissy empezó a actuar como Lola Flores en espectáculos transformistas celebrados en casas particulares. Las redadas policiales todavía podían interrumpir bruscamente la noche. Para 2015, ese mundo había pasado de las casas clandestinas a un local cultural gestionado por el Estado.

    En el cabaré Las Vegas, en el barrio habanero del Vedado, artistas transformistas actuaban ante públicos que incluían a cubanos y turistas de Canadá, China, Estados Unidos, España y Brasil. Entre número y número aparecían mensajes de prevención del VIH. Lo que antes se ocultaba había pasado a formar parte de la vida nocturna oficial de La Habana.

    Sobre el escenario, Estrellita podía pasar de Verónica Castro a Liza Minnelli bajo las luces de un cabaré cubano. Fuera del escenario, la artista era también una actriz reconocida dentro del mundo cultural cubano. Aquella noche, vestida de verde pálido y lamé plateado, Estrellita comenzó a cantar en inglés sobre despertar en una ciudad que nunca duerme. Era La Habana en 2015, cincuenta y seis años después del triunfo de la Revolución y apenas unos meses después de que Cuba y Estados Unidos anunciaran que intentarían reconstruir sus relaciones diplomáticas.

    Cubanos haciendo ejercicio en una zona deportiva al aire libre en La Habana.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Vecinos practican deporte en una zona deportiva pública de La Habana. El acceso al deporte, a la educación y a la sanidad seguía siendo uno de los logros sociales más visibles de la Revolución.

    Vista general de los tejados y los edificios en ruinas de Centro Habana, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Vista general de Centro Habana. A pocas calles de las instalaciones de la Bienal de La Habana, edificios enteros se derrumbaban bajo el peso de décadas de escasez económica.

    En aquel momento, mucho seguía sin resolverse. Mariela Castro me dijo que el matrimonio igualitario requeriría un cambio legal más amplio y que la sociedad cubana todavía necesitaba tiempo para debatirlo, entenderlo y aceptarlo. Durante uno de los actos en La Habana, veinte parejas del mismo sexo intercambiaron anillos de forma simbólica. Sus ceremonias no tenían reconocimiento legal, pero anticipaban una pregunta que Cuba acabaría teniendo que responder.

    Hoy conocemos la respuesta.

    La transformación continuó después de que se hicieran estas fotografías. La Constitución cubana de 2019 prohibió explícitamente la discriminación por orientación sexual e identidad de género. El primer intento de definir el matrimonio en términos neutros en cuanto al género encontró oposición y fue retirado del anteproyecto constitucional, lo que demostró que la campaña institucional por la igualdad LGBT no reflejaba necesariamente a una sociedad unánime.

    Tres años después, en septiembre de 2022, los cubanos aprobaron en referéndum un nuevo Código de las Familias. Reconocía el matrimonio entre personas del mismo sexo y ampliaba la definición legal de familia. Las uniones simbólicas que había presenciado en La Habana siete años antes podían ahora convertirse en matrimonios civiles reconocidos por el Estado cubano.

    La distancia histórica recorrida era extraordinaria. En el tiempo de vida de una sola generación, Cuba había pasado de encarcelar a personas en un contexto de homofobia institucionalizada a reconocer legalmente el matrimonio entre personas del mismo sexo.

    Reparto de alimentos en un comedor social de La Habana Vieja, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Reparto de comida en una cocina social de La Habana Vieja. Los derechos no existen al margen de las condiciones materiales en las que las personas intentan ejercerlos.

    Sin embargo, esa transformación no borró las contradicciones que siempre la habían acompañado. Los cubanos LGBT siguieron denunciando discriminación y violencia, en particular fuera de la capital. El activismo independiente siguió limitado por un sistema político que toleraba mucho más fácilmente la defensa institucional que la organización autónoma. En 2019, tras cancelarse la conga oficial contra la homofobia, una marcha LGBT organizada de forma independiente en La Habana fue disuelta por las fuerzas de seguridad y varios participantes fueron detenidos. El episodio reveló un límite importante dentro del modelo cubano: el Estado podía promover la diversidad sexual mientras seguía insistiendo en controlar el espacio político en el que los ciudadanos se organizaban en torno a ella.

    La Cuba de 2015 también ha cambiado de formas que van mucho más allá de los derechos LGBT. El optimismo en torno al acercamiento con Estados Unidos no se tradujo en la transformación que muchos anticipaban. Las relaciones volvieron a deteriorarse, mientras la economía cubana entraba en una crisis cada vez más severa. La pandemia de covid-19 devastó el turismo, la escasez se intensificó y el país sufrió crecientes dificultades para obtener alimentos, medicinas y combustible. El 11 de julio de 2021, las protestas se extendieron por ciudades y pueblos de toda la isla mientras los cubanos manifestaban su rechazo a la escasez, al deterioro de las condiciones de vida y a las restricciones de las libertades políticas. Las autoridades respondieron con detenciones y procesos judiciales, y numerosos manifestantes recibieron condenas de prisión.

    Los apagones y la escasez continuaron, mientras Cuba entraba al mismo tiempo en una de las mayores crisis migratorias de su historia reciente. Cientos de miles de cubanos abandonaron el país en los años siguientes. La isla que había vivido sucesivas olas de emigración a lo largo de la Revolución veía a otra generación concluir que su futuro podía estar en otro lugar.

    Mujeres embarazadas dentro de un hospital de maternidad en Trinidad, Cuba.

    Trinidad, Cuba, mayo de 2015.

    TRINIDAD, CUBA - MAYO DE 2015: Un grupo de mujeres embarazadas en el interior del hospital maternal de Trinidad. El sistema público de salud cubano, que también financiaba los procesos de reasignación de género, seguía siendo uno de los pilares del Estado revolucionario.

    Esta crisis más amplia importa para la historia de Cuba, Love Revolution porque los derechos no existen al margen de las condiciones en las que las personas intentan ejercerlos. Una mujer transgénero puede tener hoy mayor reconocimiento legal que una generación atrás y seguir enfrentándose a la pobreza, a la discriminación o a la necesidad de emigrar. Una pareja del mismo sexo puede ahora casarse legalmente mientras vive en una sociedad que atraviesa una profunda escasez económica y severas restricciones a la disidencia política. El avance en una dimensión no resuelve automáticamente la injusticia en otra.

    Esta es, quizá, la contradicción central que recorre estas fotografías.

    La historia de las personas LGBT en la Cuba revolucionaria no puede reducirse ni a la persecución ni al progreso. Ambas cosas son ciertas. El mismo sistema político que marginó a los homosexuales durante las primeras décadas de la Revolución creó después instituciones que hicieron campaña activa contra la homofobia. El Estado que en su día consideró la homosexualidad incompatible con la moral revolucionaria acabó colocando banderas del arcoíris junto a banderas cubanas y legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo. Personas que en su día ocultaban su identidad pudieron después ingresar en el Partido Comunista sin renunciar formalmente a ella.

    Pero ninguno de esos cambios puede borrar retroactivamente lo que ocurrió antes, del mismo modo que la igualdad legal no puede por sí sola eliminar el prejuicio.

    Cuando María Caridad recibió su carné del Partido Comunista en 2013, no dejó de ser la mujer que siempre había sido. Lo que había cambiado era la institución política que decidía si alguien como ella podía pertenecer a ella. Su tatuaje seguía uniendo al Che Guevara y a Jesucristo. Las herramientas de Oggún seguían colgando de su cuello. Seguía siendo lesbiana, religiosa y revolucionaria.

    En ese sentido, su historia contiene algo más amplio que la historia de los derechos LGBT en Cuba. Habla de la capacidad de los sistemas políticos para transformarse, pero también de las personas que fuerzan esas transformaciones simplemente por negarse a elegir entre las distintas partes de lo que son.

    La Revolución exigió en su día que las personas se ajustaran a su definición del ciudadano revolucionario. La generación de María Caridad vivió lo suficiente para ver parte de esa relación invertida. La propia Cuba se vio obligada a ampliar su definición de quién podía pertenecer a la Revolución.

    Más de una década después de que se hicieran estas fotografías, ese proceso sigue sin concluir. Cuba ha recorrido una distancia enorme desde la homofobia institucional de los años sesenta hasta el reconocimiento legal del matrimonio entre personas del mismo sexo y un mayor reconocimiento de las identidades transgénero. Y sin embargo, la discriminación persiste, el espacio político independiente sigue severamente restringido y la crisis económica ha empujado a un gran número de cubanos a buscar su futuro fuera de la isla.

    Esa tensión es lo que Cuba, Love Revolution documenta en última instancia. No una transición sencilla de la represión a la libertad, ni la celebración de un Estado que corrige su propio pasado, sino algo más complicado: las vidas de personas que existieron antes de que las leyes las reconocieran, que encontraron espacios donde sobrevivir cuando esos espacios estaban prohibidos, y que fueron forzando poco a poco a la sociedad cubana a enfrentarse a una contradicción dentro de su propia promesa revolucionaria de igualdad.

    En 2015, dentro de un cabaré de La Habana, Estrellita cantó New York, New York ante un público de cubanos y extranjeros mientras Cuba y Estados Unidos intentaban imaginar una relación distinta tras más de medio siglo de hostilidad. Fuera, La Habana seguía siendo hermosa y exhausta, revolucionaria y desigual, abriéndose y resistiendo al mismo tiempo.

    El futuro que todos intentaban anticipar aquel año no llegó como muchos esperaban. Llegó otro futuro. Las parejas del mismo sexo pueden ahora casarse en Cuba. La Constitución prohíbe la discriminación por orientación sexual e identidad de género. El reconocimiento legal e institucional de la diversidad sexual ha seguido ampliándose. Al mismo tiempo, muchas de las viejas contradicciones políticas y económicas de la isla permanecen, sumadas a otras nuevas.

    Quizá por eso estas fotografías no pertenecen del todo ni al pasado de Cuba ni a su presente. Documentan un momento en que se había abierto una puerta sin que nadie supiera todavía hacia dónde conducía. Detrás quedaba el recuerdo de la persecución; delante, unos derechos que aún parecían inciertos. Entre ambos estaban María Caridad, Silverio, Deinna, Gendris, Shanet, Angeline, Sissy y Estrellita, viviendo dentro de las contradicciones de un país que llevaba más de medio siglo definiendo lo que significaba ser revolucionario y que empezaba, por fin, a aceptar que podía haber muchas respuestas distintas.

    Una antigua piscina en La Habana Vieja usada por los vecinos para hacer deporte, Cuba.

    La Habana, Cuba, mayo de 2015.

    LA HABANA, CUBA - MAYO DE 2015: Vecinos utilizan una antigua piscina en La Habana Vieja. La Cuba fotografiada aquel año era un país a la espera de un futuro que llegaría, pero no de la manera en que nadie esperaba.