Editorial

    Brother Elephant

    La lucha contra la caza furtiva de elefantes y el comercio ilegal de marfil

    Desliza

    Durante siglos, los elefantes han ocupado un lugar singular en la relación entre los seres humanos y el mundo natural. Su tamaño, su inteligencia, su memoria y sus complejas estructuras sociales han inspirado admiración, temor y fascinación en culturas muy distintas. Sin embargo, esos mismos animales también han sido perseguidos por algo que poco tiene que ver con su vida: el marfil de sus colmillos. Lo que para un elefante es una parte viva de su cuerpo, esencial para alimentarse, excavar, defenderse e interactuar con su entorno, se convirtió en una mercancía valiosa dentro de un comercio internacional que ha contribuido a uno de los declives más devastadores de la historia de la fauna africana.

    La historia de la caza furtiva de elefantes no puede separarse de la historia del marfil. Mucho antes de que surgieran los movimientos conservacionistas modernos, los colmillos de elefante circulaban por redes comerciales que conectaban el interior de África con mercados lejanos. El marfil se tallaba para fabricar ornamentos, objetos religiosos, artículos de lujo y productos de uso cotidiano, y adquiría un valor determinado menos por su utilidad que por su escasez y su prestigio cultural. Durante el periodo colonial, la expansión de las rutas comerciales, las armas de fuego y la explotación de los recursos naturales africanos aceleraron la matanza. En el siglo XX, la creciente demanda internacional y unos métodos de extracción cada vez más eficaces habían transformado la caza de elefantes en una industria capaz de alcanzar poblaciones repartidas por territorios inmensos.

    África llegó a albergar varios millones de elefantes. A comienzos del siglo XXI, su número había descendido de forma drástica, aunque las estimaciones históricas y los censos modernos no son directamente comparables. La destrucción del hábitat, la expansión agrícola, los conflictos y la caza contribuyeron a ese declive, pero el tráfico ilegal de marfil se convirtió en una de sus fuerzas más destructivas. Durante la nueva crisis de caza furtiva de finales de la década de 2000 y principios de la de 2010, se estimó que decenas de miles de elefantes africanos morían cada año. Poblaciones enteras quedaron sometidas a una presión intensa mientras redes criminales organizadas abastecían un mercado en el que el valor del marfil podía superar con creces los ingresos de quienes vivían en los territorios donde se mataba a los animales.

    Tres guardas con uniforme verde de pie sobre unas rocas observan la sabana, con el Kilimanjaro nevado en el horizonte.

    Amboseli, Kenia

    Un grupo de guardas de Big Life Foundation durante una patrulla en el Parque Nacional de Amboseli.

    Vista aérea de un pequeño grupo de elefantes que avanza por una marisma verde y encharcada.

    Amboseli, Kenia

    Elefantes en el interior del Parque Nacional de Amboseli.

    El comercio de marfil se despliega a lo largo de una distancia extraordinaria entre el acto de matar y la transacción final. Un elefante puede ser abatido en un paisaje africano aislado, sus colmillos arrancados y transportados a través de una sucesión de intermediarios antes de entrar en las rutas del tráfico internacional. El marfil puede atravesar varios países, oculto en envíos comerciales, acompañado de documentación fraudulenta o mezclado con material de origen difícil de establecer. Cuando llega a un comprador, el animal del que procede ha desaparecido tras una cadena de transacciones. El objeto final rara vez conserva una huella visible de la violencia que implicó su producción.

    Esa distancia es fundamental para comprender el tráfico de fauna silvestre. Quien mata a un elefante no es necesariamente quien organiza el envío, financia la operación o obtiene el mayor beneficio económico. Los cazadores furtivos locales pueden actuar en condiciones de pobreza, pero el comercio en su conjunto depende de compradores, transportistas, funcionarios corruptos, intermediarios criminales y demanda internacional. En algunas regiones, grupos armados también han explotado el marfil como fuente de ingresos. Las redes resultantes vinculan el delito ambiental con la corrupción, la inseguridad y las debilidades de las instituciones encargadas de controlar territorios inmensos.

    Durante los años más violentos de la crisis del marfil, las consecuencias fueron mucho más allá de los propios elefantes. Guardas y agentes de protección de la fauna se enfrentaron a cazadores furtivos armados en zonas remotas donde los refuerzos podían tardar horas o días en llegar. Algunos murieron en el cumplimiento de su deber. Hubo familias que perdieron a sus seres queridos, comunidades que sufrieron intimidaciones y áreas protegidas que se convirtieron en lugares donde la conservación podía implicar enfrentarse a la actividad criminal organizada. La lucha contra la caza furtiva de elefantes nunca fue, por tanto, un conflicto exclusivamente entre personas y animales. Fue también una lucha por la ley, el territorio, las oportunidades económicas y la capacidad de los gobiernos para proteger tanto a la fauna como a las personas responsables de su supervivencia.

    Guardas uniformados en fila sobre la tierra frente a su capitán, que aparece de espaldas.

    Amboseli, Kenia

    Una unidad de guardas de Big Life Foundation espera en formación durante un entrenamiento mientras su capitán les informa de la misión.

    Los esfuerzos internacionales para regular el marfil se han desarrollado a lo largo de décadas. La Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, conocida como CITES, se convirtió en un instrumento central para restringir el comercio. La prohibición internacional del comercio de marfil, introducida en torno a 1990, marcó un punto de inflexión, aunque las excepciones posteriores, las ventas autorizadas limitadas, los mercados nacionales y las diferencias entre legislaciones complicaron la situación. La existencia de restricciones legales no eliminó la demanda ilegal, y la relación entre las prohibiciones internacionales, los mercados nacionales y los niveles de caza furtiva siguió siendo objeto de debate.

    La expansión de los mercados asiáticos de marfil, en particular la demanda asociada a China durante las primeras décadas del siglo XXI, se convirtió en un factor importante de la nueva crisis. El aumento de los precios incrementó el incentivo económico para obtener colmillos, mientras las redes internacionales de tráfico se adaptaban a los cambios en las restricciones. Las medidas posteriores para cerrar los mercados comerciales nacionales, reforzar la aplicación de la ley y reducir la demanda contribuyeron a modificar las condiciones. Sin embargo, la historia del marfil demuestra que prohibir un comercio y eliminar las fuerzas económicas que lo sostienen no son lo mismo. Una protección eficaz exige actuar en cada punto de la cadena, desde el territorio donde viven los elefantes hasta los mercados donde se compra el marfil.

    El elefante africano no constituye una única realidad ecológica. El elefante africano de sabana, Loxodonta africana, habita praderas, sabanas y otros paisajes abiertos o arbolados en partes del este y el sur de África. El elefante africano de bosque, Loxodonta cyclotis, vive principalmente en las selvas tropicales de África central y occidental. Sus poblaciones afrontan combinaciones distintas de amenazas, y su estado de conservación refleja décadas de declive. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza clasifica al elefante de sabana como En Peligro y al elefante de bosque como En Peligro Crítico. Las mejoras recientes en los censos han ofrecido una imagen más precisa de algunas poblaciones forestales, pero no han eliminado las amenazas que suponen la caza ilegal y la pérdida de hábitat.

    Una fila de guardas camina sobre tierra rojiza, enmarcada en primer plano por las ramas claras y retorcidas de un arbusto seco.

    Amboseli, Kenia

    Un grupo de guardas de Big Life Foundation durante una patrulla en el Parque Nacional de Amboseli.

    La muerte de un elefante tiene, además, consecuencias que van más allá de la pérdida de un solo animal. Los elefantes figuran entre los ingenieros ecológicos más importantes de los paisajes que habitan. Sus desplazamientos abren caminos en la vegetación, dispersan semillas a distancias considerables, influyen en la distribución de árboles y arbustos y contribuyen a configurar el acceso al agua y a otros recursos. En los ecosistemas forestales, su alimentación y sus movimientos intervienen en procesos que afectan a la estructura y la regeneración de la vegetación. En las sabanas, su interacción con los árboles, los pastizales y las fuentes de agua influye en hábitats que utilizan muchas otras especies. La desaparición de los elefantes no cambia, por tanto, solo el número de animales de un territorio, sino también las relaciones ecológicas que se han desarrollado en torno a su presencia.

    Su organización social hace que las consecuencias de la caza furtiva sean especialmente profundas. Las familias de elefantes se estructuran en torno a relaciones duraderas, en las que las hembras experimentadas desempeñan un papel central al guiar a los grupos por entornos complejos. Las matriarcas de mayor edad poseen un conocimiento de los desplazamientos estacionales, las fuentes de agua y las respuestas ante el peligro que puede resultar decisivo en periodos de sequía o de estrés ambiental. Las crías crecen dentro de un mundo social de madres, hermanos y otros parientes, y aprenden comportamientos que no pueden sustituirse sin más cuando desaparece un adulto. Matar a un elefante puede, por tanto, desestructurar una familia cuya supervivencia depende en parte de la experiencia acumulada a lo largo de generaciones.

    La persecución de los animales con grandes colmillos ha añadido otra dimensión a la crisis. Los machos de más edad que portan un marfil excepcional resultan especialmente atractivos para los cazadores furtivos, porque sus colmillos pueden alcanzar un valor considerable. Sin embargo, esos individuos también ocupan un lugar importante dentro de las poblaciones de elefantes. Su desaparición altera la estructura de edades y elimina animales cuya vida representa décadas de supervivencia y adaptación. En algunas poblaciones sometidas a una intensa caza furtiva, la matanza selectiva de elefantes con colmillos también se ha asociado a cambios en la frecuencia de individuos sin colmillos. La demanda humana de marfil puede, así, influir en las características biológicas de los animales que explota.

    Cuatro hombres uniformados reunidos junto a una roca; uno escribe en un cuaderno mientras los demás observan.

    Amboseli, Kenia

    El capitán Tim Casaina y sus hombres cuentan los animales que han observado en su sector. Esta práctica es esencial para evitar la caza furtiva en la zona.

    Cuatro elefantes, adultos y una cría, caminan en fila por una llanura abierta bajo un cielo nublado.

    Amboseli, Kenia

    Elefantes en el interior del Parque Nacional de Amboseli.

    Kenia se convirtió en uno de los territorios más significativos de la lucha por proteger a los elefantes africanos. Sus parques nacionales y los paisajes que los rodean albergan algunas de las poblaciones de elefantes más conocidas del continente, pero sus desplazamientos rara vez coinciden con los límites administrativos establecidos para protegerlas. Los elefantes se mueven entre parques, tierras comunitarias, zonas de pastoreo y corredores de fauna según las lluvias, la vegetación y el acceso al agua. Su supervivencia depende de paisajes considerablemente más extensos que las áreas protegidas que aparecen en un mapa.

    El ecosistema de Amboseli, en el sur de Kenia, cerca de la frontera con Tanzania, ilustra a la vez la vulnerabilidad de los elefantes y las posibilidades de una conservación eficaz. La región es conocida por sus familias de elefantes, sus paisajes abiertos y la presencia del Kilimanjaro más allá de las llanuras. Es también un territorio en el que la fauna comparte espacio con comunidades masái, ganado, asentamientos e infraestructuras en expansión. Durante décadas, el futuro de los elefantes de Amboseli ha dependido de decisiones tomadas no solo dentro del parque nacional, sino en todas las tierras circundantes por las que se desplazan los animales.

    Durante la nueva crisis de caza furtiva por el marfil, los elefantes del ecosistema del Gran Amboseli se enfrentaron a graves amenazas de grupos criminales que operaban en un paisaje extenso y difícil. Las operaciones contra la caza furtiva exigían algo más que patrullas ocasionales. Requerían vigilancia permanente, recopilación de información, cooperación con las fuerzas del orden, personal formado y capacidad para responder con rapidez a cualquier información sobre actividades ilegales. El desafío era especialmente complejo porque los elefantes podían salir de los límites protegidos hacia zonas donde la responsabilidad de su seguridad se repartía entre distintas instituciones y propietarios de tierras.

    Guardas y tiendas de campaña bajo una gran acacia al atardecer.

    Amboseli, Kenia

    Una unidad de guardas en su campamento del Parque Nacional de Amboseli.

    Guardas agachados alrededor de un fuego de cocina junto a una tienda al amanecer, con el Kilimanjaro tenue a lo lejos.

    Amboseli, Kenia

    Una unidad de guardas en su campamento del Parque Nacional de Amboseli.

    La creación de Big Life Foundation en 2010, cofundada por el fotógrafo Nick Brandt, el conservacionista Richard Bonham y el empresario Tom Hill, formó parte de un esfuerzo más amplio para hacer frente a esas amenazas. Su trabajo se articuló en torno a la protección de la fauna y de las tierras silvestres del ecosistema del Gran Amboseli, con la contratación y formación de guardas masái locales y en colaboración con el Kenya Wildlife Service. Las patrullas a pie y en vehículo, la vigilancia aérea, los perros rastreadores, las redes de comunicación y la información proporcionada por las comunidades locales se convirtieron en componentes esenciales de un enfoque concebido para prevenir la caza furtiva y no solo para reaccionar después de que un animal hubiera muerto.

    La importancia de este trabajo reside en parte en la relación entre la conservación y las personas que habitan el territorio. Los guardas no son simplemente agentes externos desplegados para proteger la fauna. Muchos proceden de las comunidades cuyas tierras forman parte del área de distribución del elefante. Su conocimiento del paisaje, de sus rutas, de sus condiciones estacionales y de las relaciones locales puede ser tan importante como el equipo o la tecnología. Al mismo tiempo, la conservación ofrece empleo, formación y oportunidades que pueden reforzar el valor económico de proteger la fauna en lugar de explotarla ilegalmente.

    Un guarda de pie, solo, en un camino de tierra en la oscuridad, con el rostro iluminado por la luz de un teléfono móvil.

    Amboseli, Kenia

    Pum Pum lee mensajes en su teléfono móvil durante su turno de guardia.

    Una figura con una linterna ilumina plantas altas de cultivo en plena oscuridad.

    Amboseli, Kenia

    El capitán Tim Casaina durante una misión para proteger a unos elefantes que estaban entrando en una zona de cultivos de una comunidad.

    Los resultados en Amboseli demuestran que una protección sostenida puede cambiar la trayectoria de una población amenazada. Big Life informó en 2024 de que ningún elefante había muerto a manos de cazadores furtivos de marfil en su área de operaciones desde principios de 2018. Este logro no significa que la caza furtiva de elefantes haya desaparecido de África, ni que se hayan resuelto todas las amenazas que afronta Amboseli. Demuestra algo más concreto e importante: allí donde las instituciones, las comunidades locales y las organizaciones de conservación mantienen una presencia coordinada a lo largo del tiempo, la matanza de elefantes por su marfil puede reducirse drásticamente.

    La experiencia general de Kenia refleja también el potencial de la conservación a largo plazo. El censo nacional de fauna de 2025 registró aproximadamente 42.000 elefantes en el país, frente a los 36.280 contabilizados en 2021. Estas cifras requieren una interpretación cuidadosa, porque los censos de población dependen de la metodología, la cobertura geográfica y las condiciones ambientales. Aun así, la recuperación documentada en Kenia contrasta con los graves descensos registrados en otras partes del continente y aporta pruebas de que la lucha contra la caza furtiva, la protección del hábitat y la participación comunitaria pueden contribuir a la supervivencia de las poblaciones de elefantes.

    Guardas preparan y comen una comida en un campamento en una ladera, con el Kilimanjaro sobre las nubes al fondo.

    Amboseli, Kenia

    Una unidad de guardas en su campamento del Parque Nacional de Amboseli.

    Pero el éxito contra la caza furtiva ha revelado otro problema que no puede resolverse deteniendo a delincuentes.

    Los elefantes necesitan espacio. Sus desplazamientos responden a necesidades ecológicas que existían mucho antes que los parques nacionales, las carreteras, las granjas y los límites administrativos. A medida que crece la población humana y la tierra se reparte cada vez más entre agricultura, asentamientos, vallados, desarrollos industriales e infraestructuras de transporte, las rutas disponibles para los elefantes se estrechan. Una población puede estar protegida frente a la caza ilegal y afrontar aun así un futuro incierto si su acceso al agua, al alimento y a sus corredores tradicionales de desplazamiento se restringe progresivamente.

    En Amboseli, proteger las tierras que conectan distintos hábitats se ha convertido en una prioridad central de la conservación. Los corredores de fauna permiten a los elefantes desplazarse entre sus áreas estacionales y reducen el riesgo de que las poblaciones queden aisladas. Mantener esas conexiones depende a menudo de acuerdos con propietarios y comunidades locales cuyos medios de vida están ligados al mismo territorio. La conservación ya no puede entenderse simplemente como el trazado de un límite alrededor de un área protegida. Exige, cada vez más, negociar cómo se usa la tierra en paisajes enteros.

    Hombres de pie sobre unos montículos en la sabana observan un pequeño helicóptero en el cielo; uno viste una shuka roja de cuadros.

    Amboseli, Kenia

    Un grupo de guardas masáis observa la operación de un helicóptero mientras el equipo intenta disparar un dardo a un elefante herido.

    La relación entre los elefantes y las comunidades rurales no siempre es pacífica. Los elefantes pueden destruir cultivos, dañar vallados e infraestructuras de agua, amenazar actividades ligadas al ganado y, en ocasiones, matar o herir gravemente a personas. Para una familia que depende de una pequeña cosecha, la destrucción causada por una sola noche de paso de elefantes puede suponer una pérdida económica devastadora. Para las comunidades que conviven con esos riesgos, la presencia de la fauna no puede juzgarse solo desde la perspectiva de los visitantes que se encuentran con elefantes durante un safari.

    En consecuencia, el conflicto entre humanos y elefantes se ha convertido en uno de los desafíos centrales de la conservación del elefante africano. Medidas como la mejora de los vallados, los sistemas de alerta temprana, las patrullas comunitarias, los mecanismos de compensación y una mejor planificación del uso del suelo pueden reducir algunos riesgos, pero ninguna intervención aislada ofrece una solución universal. Las condiciones varían de una región a otra, y el equilibrio entre la protección de la fauna y la seguridad de las personas debe negociarse de forma continua. La conservación se vuelve difícil de sostener cuando quienes soportan sus mayores costes reciben pocos de sus beneficios.

    Esto es especialmente importante en paisajes habitados por comunidades masái, donde se cruzan las tradiciones pastoriles, la propiedad de la tierra, el cambio económico y la conservación de la fauna. El turismo y el empleo vinculado a la conservación pueden ofrecer oportunidades valiosas, pero no puede darse por hecho que beneficien a todas las familias por igual. Tampoco debe tratarse a las comunidades locales como un grupo único con intereses idénticos. El futuro de los elefantes depende en parte de que quienes toman las decisiones sobre lo que ocurre más allá de los límites de los parques nacionales perciban como justos los acuerdos de conservación.

    Tres hombres junto a un elefante sedado tendido sobre la hierba seca; uno lleva un bidón de agua amarillo.

    Amboseli, Kenia

    Un equipo médico del David Sheldrick Wildlife Trust atiende a un elefante herido en el Parque Nacional de Amboseli.

    La protección de los elefantes adultos representa solo una parte de la lucha. Las consecuencias de la caza furtiva, la sequía, el conflicto con los humanos y otras amenazas también se hacen visibles en la vida de las crías que pierden a sus madres. Los elefantes jóvenes dependen de forma excepcional de un cuidado materno prolongado y de sus relaciones sociales. Una cría huérfana puede ser incapaz de sobrevivir por sí sola, sobre todo cuando todavía depende de la leche o no ha adquirido el conocimiento necesario para moverse con seguridad por su entorno.

    El Sheldrick Wildlife Trust, creado en Kenia en 1977, adquirió reconocimiento internacional por su labor de rescate y rehabilitación de elefantes huérfanos. A partir del trabajo pionero de conservación de David y Daphne Sheldrick, la organización desarrolló un programa que combina atención veterinaria especializada, alimentación con leche, la atención cercana de los cuidadores y una reintegración gradual en las poblaciones de elefantes salvajes. Su guardería de Nairobi y sus instalaciones de reintegración en el gran paisaje de Tsavo han dado una segunda oportunidad a elefantes cuya supervivencia, de otro modo, habría sido incierta.

    Dos elefantes jóvenes entre la vegetación verde de un bosque, uno de pie y otro tumbado de lado.

    Nairobi, Kenia

    Dos elefantes en la guardería del David Sheldrick Wildlife Trust, en el Parque Nacional de Nairobi.

    La recuperación de un elefante huérfano no es inmediata ni está garantizada. Una cría debe superar las consecuencias físicas de la separación, la enfermedad, las heridas o la desnutrición mientras se adapta a la ausencia de su familia original. Cuidadores especializados la atienden de forma continua durante las primeras etapas, pero el objetivo último no es crear un animal dependiente para siempre de las personas, sino restablecer las condiciones en las que el elefante pueda llegar a vivir de forma independiente entre otros miembros de su especie.

    Ese proceso puede durar muchos años. A medida que maduran, los elefantes jóvenes se introducen gradualmente en paisajes más amplios y tienen oportunidades de relacionarse con manadas salvajes. Algunos empiezan a pasar periodos cada vez más largos lejos de las unidades de reintegración antes de establecer una vida independiente. Los plazos varían según el desarrollo y el comportamiento de cada animal. El éxito de la reintegración depende no solo de la rehabilitación, sino también de la protección continuada de los territorios a los que regresan estos elefantes.

    El trabajo de rescate de elefantes huérfanos revela una contradicción fundamental dentro de la conservación de la fauna. Pueden hacer falta recursos, conocimientos y un compromiso humano extraordinarios para salvar a un solo animal después de la destrucción de su familia. Sin embargo, evitar esa destrucción depende de sistemas más amplios de protección, aplicación de la ley, gestión del hábitat y decisiones económicas que van mucho más allá del alcance de cualquier centro de rescate.

    Un cuidador con bata turquesa se inclina sobre una barandilla de madera hacia la trompa de una cría de elefante dentro de un establo.

    Nairobi, Kenia

    Un cuidador juega con una cría de elefante en la guardería del David Sheldrick Wildlife Trust, en el Parque Nacional de Nairobi.

    La experiencia de organizaciones como Big Life Foundation y Sheldrick Wildlife Trust ilustra dos dimensiones complementarias de una misma responsabilidad. Una busca impedir que los elefantes sean abatidos y proteger los paisajes que necesitan. La otra intenta reparar algunas de las consecuencias cuando la protección ha fallado o cuando los animales han quedado huérfanos por otras causas. Ambas dependen de personas formadas, de recursos económicos sostenidos y de la cooperación con las instituciones públicas. Ninguna puede garantizar el futuro de los elefantes sin la existencia continuada de poblaciones salvajes viables y de hábitats conectados.

    La situación general en África sigue siendo desigual. En partes del sur y el este del continente, las poblaciones de elefantes se han estabilizado o han aumentado gracias a programas de conservación sostenidos. En otros lugares, sobre todo en algunas regiones forestales de África central y occidental, la caza furtiva, la fragmentación del hábitat, la inseguridad y la debilidad de la protección institucional siguen amenazando su supervivencia. Las fronteras nacionales no siempre coinciden con los desplazamientos de los elefantes ni con las rutas del tráfico criminal, lo que hace imprescindible la cooperación entre países. Los avances en una región no permiten proclamar la victoria en todo el continente.

    El comercio internacional de marfil también ha cambiado desde el periodo en que la caza furtiva alcanzó algunos de sus niveles más alarmantes. Restricciones más estrictas, cierres de mercados, una mejor aplicación de la ley y campañas públicas han alterado parte del panorama comercial. Aun así, el tráfico ilegal de fauna silvestre sigue siendo adaptable, y las autoridades continúan enfrentándose a redes capaces de aprovechar las diferencias entre jurisdicciones. La existencia de reservas de marfil, objetos históricos, excepciones nacionales y una demanda cambiante añade complejidad a la tarea de distinguir la posesión legal del comercio ilegal.

    Un cuidador se inclina sobre una cría de elefante tumbada en el heno bajo mantas de colores, en un establo de madera.

    Nairobi, Kenia

    Un cuidador acuesta a una cría de elefante para dormir en la guardería del David Sheldrick Wildlife Trust, en el Parque Nacional de Nairobi.

    El futuro de los elefantes africanos depende, por tanto, de una combinación de medidas que no puede reducirse a patrullas armadas ni a prohibiciones internacionales. Los guardas necesitan formación, equipo y apoyo institucional. Las redes criminales deben investigarse más allá de quienes ejecutan la matanza. Las comunidades necesitan una participación real en las decisiones que afectan a su tierra. Los corredores de fauna deben protegerse frente a la fragmentación, y los gobiernos tienen que conciliar las infraestructuras, la agricultura y el desarrollo económico con las necesidades ecológicas de especies que se desplazan por territorios inmensos.

    Exige también reconocer que el valor de los elefantes no reside únicamente en que atraigan turistas o generen actividad económica. Su importancia ecológica, su complejidad social y su capacidad para modelar los paisajes que habitan existen con independencia de los beneficios económicos que los seres humanos puedan obtener de su supervivencia. Al mismo tiempo, ignorar las realidades económicas de las comunidades que conviven con los elefantes haría la conservación menos eficaz y menos justa. El desafío consiste en proteger a una especie cuyas necesidades son inmensas en un mundo donde la tierra, los recursos y las oportunidades están cada vez más disputados.

    Durante décadas, la imagen del elefante africano ha estado asociada a la violencia del comercio de marfil: un animal abatido por sus colmillos, una familia desestructurada, un paisaje privado de uno de sus habitantes más importantes. Esa historia sigue siendo esencial para comprender la urgencia de proteger a los elefantes. Pero ya no es la única historia que debe contarse. La recuperación de poblaciones en lugares como Kenia, el compromiso de los guardas comunitarios y el regreso de elefantes huérfanos a la vida salvaje demuestran que la trayectoria de destrucción no es inevitable.

    Un cuidador con bata verde recostado contra un árbol mientras una cría de elefante apoya la trompa sobre su cabeza.

    Nairobi, Kenia

    Un cuidador habla con una cría de elefante en la guardería del David Sheldrick Wildlife Trust, en el Parque Nacional de Nairobi.

    El mayor desafío puede ser ahora garantizar que esos logros perduren. Un elefante protegido hoy de los cazadores furtivos todavía tendrá que encontrar mañana tierra, agua y seguridad suficientes. Una cría devuelta a la vida salvaje debe entrar en un paisaje capaz de sostener su vida adulta. El trabajo de un guarda debe contar con el respaldo de las instituciones y las comunidades mucho después de que haya pasado el peligro inmediato. Y una sociedad que ha aprendido a reconocer la crueldad del comercio de marfil debe enfrentarse también a las formas más silenciosas de destrucción que produce la desaparición gradual del hábitat.

    La lucha contra la caza furtiva de elefantes comenzó, en su forma más visible, como un esfuerzo por detener la matanza de animales por su marfil. Con el tiempo, se ha convertido en una pregunta más amplia sobre el lugar de la fauna en territorios cada vez más condicionados por las decisiones humanas. La supervivencia de los elefantes no puede separarse del futuro de los paisajes que habitan ni de la vida de las personas que comparten esos paisajes. Protegerlos significa combatir la explotación criminal, pero también aceptar que la conservación es una responsabilidad que se extiende a lo largo de generaciones.

    Un elefante puede vivir durante décadas y llevar consigo el conocimiento de lugares, relaciones y desplazamientos heredado a través de su familia. Su supervivencia depende de una continuidad que la actividad humana puede destruir en un instante. La pregunta que queda no es solo si podemos impedir que otro elefante muera por sus colmillos, sino si estamos dispuestos a preservar las condiciones que permitan a los elefantes seguir viviendo como animales salvajes, dentro de ecosistemas que funcionen, mucho después de haber ganado la batalla inmediata contra la caza furtiva.

    Relacionado

    Brother Elephant forma parte del trabajo de largo recorrido de Álvaro Ybarra Zavala, dentro de Editorial. Puedes consultar el registro completo de publicaciones, exposiciones y premios en el archivo de actualidad.